Variación sobre José Asunción Silva

Verdad y Leyenda de José Asunción Silva

Sobre los tejados grises del barrio de La Candelaria en Bogotá amanece el domingo 24 de mayo de 1896. Mercedes, la fiel servidora de la familia Silva Gómez, inicia el ajetreo mañanero. "La luz vaga| opaco el dia| la llovizna cae y moja| con sus hilos penetrantes| la ciudad desierta y fria". Un poco más tarde llama a la puerta de José Asunción pero nadie responde. Insiste de nuevo y, ante el obstinado silencio, entra.  José Asunción Silva, con los ojos ligeramente abiertos, la bella cabeza doblada hacia el lado izquierdo, parece dormir tranquilamente, semi-incorporado sobre las almohadas blancas. Pero el poeta está muerto.

En su expresión no hay dolor ni angustia. Una paz infinita baña el rostro, que tiene ya la palidez del mármol. "Del corazón herido -dice Rufino Blanco Fombona- manaba un arroyo de púrpura, un tenue hilo de sangre que como una culebrita roja serpenteaba delatando el fin de una juventud y la abolición de un linaje glorioso en los anales del dolor, del placer, del amor y la belleza".   Al lado, un viejo y oxidado revólver , que había pertenecido a su padre Don Ricardo Silva y que en esos días le ha pedido a su madre, Doña Vicenta Gómez, con un pretexto baladí.

También con un pretexto baladí ha ido la tarde anterior al consultorio de su amigo Juan Evangelista Manrique.  "Fue entonces cuando me preguntó - dirá este más tarde - si era cierto que la percusión permitía establecer, con cierta exactitud, la forma y las dimensiones del corazón.  Me presté gustoso a satisfacerlo y con un lápiz demográfico tracé sobre el pecho del poeta toda la zona mate de la región precordial. Le aseguré que estaba normal ese órgano y para dar más seguridad a mi afirmación, le dije que la punta del corazón no estaba desviada.  Abrió fuertemente los ojos y me preguntó dónde estaba la punta del corazón.  Aquí - le dije - trazándole  en el sitio una cruz con el lápiz que tenía en la mano.  Muy bien -dijo tranquilamente el poeta - acabas de hacerme un inmenso favor".

¿Cuándo Nació Silva?

En los libros parroquiales de la iglesia de Las Nieves está su partida de bautismo.  En ella consta que el 6 de enero de 1866 el Presbítero Trino Martínez bautizó a un niño de cuarenta y un días de nacido, nieto de Asunción Silva Fortoul, en cuyo honor se le dio el segundo de sus nombres. Por consiguiente, José Asunción Silva nació el 27 de noviembre de 1865.  Durante mucho tiempo se dieron fechas distintas: 27 de octubre de 1865 (Sanín Cano),  noviembre de 1861 (Unamuno).  Para los creyentes en la astrología, presidió su destino Sagitario, el Arquero, y, como dice Guillermo Valencia en "Leyendo a Silva": Tuvo la frente en llamas y los pies en el lodo| quiso sentirlo, verlo y adivinarlo todo.

Don Ricardo Silva, su padre, era un hombre de hermosa apostura, ojos azules, facciones clásicas, porte aristocrático y distinguido. Seis años antes había publicado una narración costumbrista titulada  "Un domingo en casa", que había sido muy elogiada por su originalidad y fino humor.   El día del bautismo de su primogénito José Asunción, cumplía exactamente un año de casado con la bella Vicenta Gómez Diago, "hermosa entre las hermosas" según Luciano Rivera y Garrido. Era dueña, además, de una recia y combativa energía y de un claro sentido de la realidad, que le permitió salir avante después del suicidio de su hijo.  Porque el 24 de mayo de 1896, José Asunción Silva había girado el dia anterior un cheque por cuatro pesos, valor de un ramo de rosas y su chequera estaba en ceros.  En su billetera se encontró un billete de diez pesos y en poder de Don Guillermo Uribe las letras que avalaban la ruina total de la familia y constituyen la trágica verdad: al verse derrotado por la vida, Silva optó por el triunfo de la muerte.

Elvira y su leyenda

El 2 de abril de 1870 nace Elvira Silva. Estaba destinada a morir a los 22 años, el 6 de enero de 1891.  Más de cinco años mediaron entre la muerte de Elvira y el suicidio de José Asunción, lo que no impidió que la morbosidad vinculara a los dos hermanos con el "amor vitando", como lo llamó Ismael Enrique Arciniegas cuando escribió sobre el tema (refutando de una vez por todas la absurda especie).  La publicación del poema "Ronda" escrito el 22 de diciembre de 1889, dos años antes de la muerte de Elvira, con el impropio título de "Nocturno II" causó la confusión, al relacionárselo con el verdadero "Nocturno", el de las sombras, que apareció por primera vez en "La Lectura" de Cartagena en 1894 y que sí es para Elvira.

La relación entre Silva y su hermana fue el resultado de una gran comprensión espiritual.  Elvira Silva amaba la poesía y la música, era romántica y sensible. Cuando murió Elvira, ante la oleada de versificadores que le rendían homenaje a la muerta, considerada como la mujer más linda de Bogotá en aquel tiempo, Silva dijo :  ”¡Sólo Isaacs es digno de cantarla!” un poco displicentemente. Pero tenía razón Un soneto de Isaacs retrata loque en ese momento debía estar sintiendo José Asunción. Es el famoso “Ten piedad de mi”. 

¡Señor¡ Si en sus miradas encendiste este fuego inmortal que me devora,/y en su boca fragante y seductora/sonrisas de tus ángeles pusiste;//Si de tez de azucena la vestiste/y negros bucles, si su voz canora,/de los sueños de mi alma, arrulladora/ ni a las palomas de tus selvas diste// perdona el gran dolor de mi agonía/y déjame buscar también olvido/en las tinieblas de la tumba fría//Olvidarla en la tierra no he podido. ¿Cómo esperar podré si ya no es mía?/Cómo vivir, Señor, si la he perdido?

La Huella de María Bashkirtseff

El poema "Ronda" fue escrito para una mujer ideal e idealizada, la misma que en su novela "De Sobremesa" menciona Silva como "Nuestra Señora del Perpetuo Deseo": la pintora rusa María Bashkirtseff.

A finales de 1884 viajó José Asunción Silva a París.  El 31 de octubre de ese año, los círculos intelectuales y artísticos habían sido sacudidos por la noticia de la muerte de María Bashkirtseff, una bella princesa rusa de 24 años, que pintaba, soñaba y escribía un Diario que preservó su nombre para la posteridad.
Los pintores y poetas del momento ardían en una adoración hacia María Bashkirtseff, que se intensificó con su muerte.   Probablemente Silva se enamoró, sin conocerla realmente, de "la rusa de ojos cálidos y de bruno cabello".  Soñó estar al lado del ataúd heráldico de la princesa rusa, en la noche trágica.  Evocó otras noches que nunca sucedieron, cuando esa mujer ideal e inasible había sido suya” bajo un follaje espeso,” o con "su cuerpo de veinte años entre la roja seda/sus cabellos dorados y su melancolía /sus frescuras de virgen y su olor de reseda".

Este es el inalienable derecho del poeta, cuando se convierte en el "pequeño dios" de que habló Huidobro, cuando derrumba las fronteras que separan la realidad del sueño, la vida de la muerte.  Un discreto velo de silencio cubre los nombres de las mujeres que pasaron realmente por la vida amorosa de Silva. ¿Quiénes visitaron furtivamente ese lugar de que habla Daniel Arias Argáez y que, como vino a descubrirse casualmente, por un amago de incendio, era la "garzonniere" de José Asunción?

Silva "no tenía nada de adamado" como lo reconoce Tomás Carrasquilla en carta a Francisco de Paula Rendón, escrita en diciembre de 1895. Pero la sociedad bogotana de su tiempo no podía asimilarlo. Resentía su orgullo despectivo, su pensamiento positivista, la gardenia en el ojal, el perfume de opoponax, el corte de su barba, calcado de la estatua del emperador romano Lucio Vero. Tampoco aceptaban sus pálidas manos expresivas, la cadencia refinada de sus versos, la libertad de su pensamiento y especialmente su realidad económica, que contradecía constantemente su modo elegante y derrochador de vivir.

Silva y Becquer

En la obra de Silva, el misterio de la calidad de los manuscritos perdidos en el naufragio del "Amerique" es tan insondable como el que rodea la parte de la obra de Bécquer perdida en 1868, en el incendio del despacho del ministro González Bravo, cuando el pueblo se rebeló contra "La Reina Castiza", Hay notables similitudes en forma y contenido entre Bécquer y Silva. El sarcasmo apenas insinuado en el sevillano:  "Eso no es corazón... es una máquina/ que al compás que se mueve hace ruido" se convierte en el poeta bogotano en el ácido corrosivo de las "Gotas Amargas", precursoras de la sátira encarnada en Luis Carlos López.

"Viviera y sería tan grande como Valencia, a quien Dios guarde muchos años" dijo Tomás Carrasquilla después de la muerte de Silva. Ahora, en el tercer milenio, la obra de Valencia no suscita ya el mismo interés.  En cambio la de Silva ha sido preservada por la Casa de Poesía Silva, que en 1996 al cumplirse cien años de su muerte, suscitó el interés mundial por el poeta.   Hasta su novela "De Sobremesa" mucho tiempo olvidada, fue revaluada entonces.

Las circunstancias trágicas de su muerte, tejieron la leyenda de Silva. Su verdad es la validez, la calidad intrínseca de su obra, que ha sido examinada por los más importantes críticos literarios actuales, en la fría luz que diferencia lo auténtico de lo falso, situándolo en la cumbre de la literatura escrita en Colombia en el Siglo XIX.

Imprimir Correo electrónico