Variación sobre José Asunción Silva

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Silva Visto por un Contemporáneo

Al hablar de José Asunción Silva, vuelve siempre a rodar sobre el tapete el tema de la incomprensión de sus contemporáneos. Y no sólo de sus contemporáneos. El busto en mármol de Silva realizado por el escultor español Ramón Barba, encontró por fin asilo en las dependencias del Instituto Caro y Cuervo en Yerbabuena, después de un largo y doloroso peregrinaje, durante el cual fue despiadadamente atacado por el lumpen ciudadano. Pero veamos cómo impresionó Silva a Tomás Carrasquilla, allá por las postrimerías de 1895.

Al ilustre y nunca suficientemente bien ponderado "clásico maicero" le sucedió al conocer a José Asunción Silva exactamente lo que a casi todo el mundo. Sólo vio su amaneramiento, sus vestuarios parisienses, sus modos alambicados, que a Carrasquilla, recién desempacado de la montaña antioqueña, debieron parecerle espantosamente ridículos. Después, muerto ya Silva, fue cuando llegó Carrasquilla a comprender y admirar al gran poeta.

No cabe duda de que Silva se había creado una personalidad externa completamente ficticia, posiblemente para defender su sensibilidad exquisita y extremada. De ahí que sus contemporáneos no lo pudieran comprender a cabalidad. Bastaría transcribir el concepto inicial de Carrasquilla contenido en carta escrita el 2 de diciembre desde Bogotá (corría el año de 1895) al novelista antioqueño Francisco de Paula Rendón:

“José Asunción Silva... ¡Virgen de la Trinidá, mi querida Madre! ¡Este sí que es el tipo de los tipos y la cosa particular!  Es un mozo muy bonito, con bomba de para arriba como el doctorcito Jaramillo y muy Crespo él y barbón.  Haz de cuenta el Buen Pastor de las señoritas González.  ¡Pero no te puedes suponer una bonitura más fea y más extravagante! Es muy culto y muy amable, pero con una cultura tan alambicada y una amabilidad tan fastidiosa que se puede envolver en el dedo, como cuenta Goyo del dulce de duraznos de Santa Rosa.  Modula la voz como dama presumida y sin embargo no tiene nada de adamado. Anda como un huracán pero con mucho compás. Da la mano pegándola del pecho, encocando cuatro dedos y parando el índice, de tal modo que uno tiene que tomársela por allá muy arriba. 

En fin: es un prójimo tan supuesto y afectado que causa risa e incomodidad al mismo tiempo. Y a vueltas de todas estas rarezas es muy ilustrado y parece muy inteligente, Ya me explico por qué hizo aquella caricatura tan famosa de la poesía rubendariaca: es que él es un rubendariaco en carne viva. Aquí lo llaman José Presunción Silva Pendolfi.”

La actitud del gran novelista es bastante clara. El concepto de los contemporáneos de Silva, que no veían, así se llamaran Tomás Carrasquilla, otra cosa que el exterior físico, era que el joven hijo de don Ricardo Silva y doña Vicenta Gómez era un presumido y nada más. Pero Carrasquilla, generoso al fin, reconoce que el joven es ilustrado y parece muy inteligente. Cinco meses después un periódico diría fríamente: “Anoche puso fin a sus días el joven José Asunción Silva. Parece que hacía versos”.

¿En el naufragio del "Amerique" se perdió lo mejor de su obra? La novela De Sobremesa no contribuye propiamente a la gloria de Silva.  Se salvan unas cuantas páginas, como aquellas hermosísimas a María Bashkirtseff.  Sería mejor o peor la novela "Juan Fernández" cuyo manuscrito desapareció en el "Amerique"? Se ha dicho que Silva, por su muerte prematura, lo escaso de su obra, la incógnita que pesa sobre los trabajos perdidos, fue un poeta incompleto.  Vana acusación ante una poesía que conserva y aumenta diariamente un prestigio con el cual su autor no pudo soñar ni siquiera en sus más locas fantasias ¡Incompletos y perdidos quedan muchos autores consagrados, cuando nos adentramos por la enmarañada maleza de sus obras innumerables! Para que la parábola vital de Silva coincidiera con la consagración y actualidad de su poesía, habría tenido que morir más que centenario.

Pero dejando la poesía a un lado, acerquémonos una vez más al ser humano.  A la hora de su muerte, Silva estaba en la plenitud de la existencia.  Y esa etapa, de los treinta a los treinta y cinco años, suele ser de crisis.  Ya no existe igual el impulso juvenil, las ilusiones no tienen la misma fuerza salvadora.  Es en estos años cuando el hombre llega al "mezzo del camin", esa selva oscura, fuera de todo camino recto, que señala el Dante.  Estos años suelen ser los definitivos, los que marcan el rumbo para siempre.  Antes, todos los caminos estaban abiertos a la esperanza, todas las cumbres dispuestas a dejarse escalar.  Pero en “el mezzo del camin” el ser humano se detiene y medita.  Hace un recuento de sus realizaciones y sus derrotas.  De ahí en adelante nada va a perdonársele con el pretexto de la juventud. Ya el mundo exige más de él y él, mucho del mundo.

Silva se perdió en la selva oscura.  Su alma quedó errante para la eternidad, en el mismo aire huracanado donde giran abrazados Paolo y Francesca.  Quedó errante y sólo, no comprendido aún completamente, por más que muchos nos esforcemos en entender, en descifrar el misterio de su última hora El mundo exigía de él mayores virtudes positivas, mejor suerte en los negocios, más tacto en la diplomacia.  El exigió inútilmente del mundo comprensión, belleza, la eterna armonía de las cosas que sólo presienten, por el camino de la fe las almas místicas de los elegidos de Dios. Del choque tremendo queda su alma suicida, inquietándonos para siempre.

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