La Poesía Mística y Humana de David Mejía Velilla

Memoria de David Mejía Velilla

Nos hemos reunido para recordar a un poeta, a un historiador, a un académico, a un hombre de Dios. Sus libros contienen pensamientos profundos sobre temas teológicos, y sencillas vivencias humanas. Su palabra estaba impregnada del mismo espíritu que, en el momento de la Creación, se movía sobre las aguas.

Porque “eran aquellas las prístinas aguas/ antes de que se nos diera/ el agua de la vida / de que hablaba el Señor a la Samaritana!

Sube hacia el Altísimo, como la llama y el humo de la hoguera de Abel, esta poesía , cuyos mejores antecedentes en Colombia son Mario Carvajal, el que nunca apartó sus ojos de las estrellas puras, y Antonio Llanos, el que las vio convertidas en llanto en el fondo de su alma.

La personalidad recta y pura, bondadosa y austera de David Mejía Velilla fue el hontanar donde acudían en busca de su palabra de maestro, los alumnos de la Universidad de la Sabana. Para todos y a toda hora tuvo puerta, corazón y mente abiertos de par en par.

Tenía la sencillez de un niño y, al mismo tiempo, una capacidad ilimitada para orientar y enseñar a todos los que a su lado acudían. Porque ”El Señor es piadoso con los sedientos/ de esta agua / que les da a raudales”.

En la poesía de David Mejía Velilla se oyen ecos del Cantar de los Cantares: ”Hay que ser madrugadores del Amor, como la ebria Magdalena del Viernes triste, como el mismo Amor cuando pasaba la noche con nosotros. Hay que sacudir esta tristeza, hay que llorar toda la noche y saltar de alegría después, al encuentro del Amor. Hay que despertar tanta carne desamorada, porque pese a todo lo que de nosotros se podrá decir, nadie afirmará que el Amor ya no nos aguarda”.

Como todos los grandes místicos que orientaron sus lecturas juveniles: San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús) el poeta se sentía un pobre y miserable pecador ante la grandeza divina. Clamaba y reclamaba pecados de olvido e inconstancia, hablaba de deslealtad y de egoísmo, cuando él era el más leal y generoso de todos. El, que siempre esperaba el alba con los ojos limpios de malos sueños, se sentía disminuido y pequeño ante la gloria del Supremo Hacedor. Y terminaba diciendo bellamente: “El Amor / es Dios/ que en el fondo/ del alma/ nos compone/ el juego de la vida: Callad/ callemos/ que hacer memoria del inmenso Amor/ es traerlo de nuevo a mis estancias

Con la honda ternura que le permitió escribir las páginas de “El Pequeño Eliot”, David Mejía Velilla contaba la historia de una madre que “los domingos por la tarde/ quedaba sola en la gran mansión/ y no tenía otra dicha que llevar la cuna junto al piano/ y abrir el libro en la partitura de Czerny. El crío entonces se animaba/ y pasaban como único instante/ aquellas tres horas que la ternura y la dulzura destinaban a su juego dominical

La torre amarilla entre los árboles, flor de floresta, puede ser la misma torre del peregrino. “Pero nunca fuimos más reales/ ni tuvo la noche tanta verdad”.

Nunca fue más real la poesía ni tuvo tanta verdad como en la obra de David Mejía Velilla, que circula como un soplo de aire fresco y limpio, en esta hora de humo y de sombra.

11 de septiembre 2003

Imprimir Correo electrónico