Matilde Espinosa

Matilde Espinosa

Ella disipa silencios con su voz de cristal, barre tinieblas con la luz que irradian sus ojos, así estén muchas veces llenos de lágrimas, porque en las más duras adversidades, Matilde Espinosa es un ejemplo sin igual de valor. Es la bíblica zarza, que arde sin consumirse. De ella emana la voz eterna de la poesía, verbo que trasciende la envoltura humana e imparte el don divino de la entrega total.

Matilde Espinosa aprendió de Antonio Machado que “la misión del poeta es inventar nuevos poemas de lo eterno humano”.  Su poesía viene a nosotros
sencillamente
como un poco de niebla
cuando despunta el sol sobre los montes
”.

Catorce libros, un haz de poemas que recuerda el haz de espigas de Ruth la moabita.  La palabra de Matilde Espinosa tiene la virtud esencial del trigo, siempre dispuesto a convertirse en pan para alimentar a los desvalidos, que son a todo lo largo de su vida y de la vida de sus libros, los protagonistas y destinatarios de su mensaje claro, directo, perdurable.

En su verso, despojado de adornos retóricos, existe una profunda identidad con la naturaleza y con los seres, vivientes o inanimados, que la habitan. En auténtica simbiosis de creación, los ríos, el viento, las estrellas, los árboles, las montañas,. las rocas, cobran vida propia, se integran con colores y sonidos al plano sensorial y entregan, en la voz poética, sus misteriosos y profundos mensajes.

Cuando apareció el primer libro de Matilde Espinosa promediaba la década de los años cincuenta, pero hacía mucho tiempo que la poesía habitaba en ella.  Desde su infancia en Tierradentro del Cauca, donde María Josefa Fernández de Espinosa, la maestra de aldea, enseñaba a leer a los niños indígenas, en ese lugar lleno de luz donde nacía la música de Luis Carlos Espinosa y Jesús María Espinosa empezaba a encender los colores de su paleta magistral.

Más tarde otros pinceles, los de Efraím Martínez, dejaron plasmada para siempre la singular belleza de Matilde Espínosa. Con el pintor recorrió muy joven las calles del mundo. Al regresar, traía de a mano a Manolo y Fernando. Estos nombres amados obligan a recorder nuevamente a Machado:
“Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.”

Matilde Espinosa encontró un día en su camino a un compañero sin igual. La noble figura serena de Luis Carlos Pérez, hombre hecho de ternura y rectitud. Duro y dulce es recordar a los ausentes, pero es imposible no pensar en ellos. Maeterlinck nos enseña que cuando recordamos a los que ya se han ido, nos ven llegar a su mundo, ese mundo paralelo, invisible y presente, que nos acompaña sin que nos demos cuenta.

En la poesía de Matilde Espinosa hay “signos que van más allá de lo inmediato”, citando la palabra siempre lúcida del poeta Guillermo Martínez González.  Signos que estructuran la poesía, trascendente y profunda, de esta mujer excepcional.

Voz que ha continuado creciendo en sus otros libros, desde “Los Ríos Han Crecido” (1955) hasta “La Tierra Oscura” (2003). Alta y purísima, se eleva en el ámbito de la poesía colombiana contemporánea, la voz de Matilde Espinosa de Pérez.

Señales en la sombra

Señales en la Sombra" marca, en la trayectoria poética de esta mujer incomparable, el alto nivel de su lírica, acendrada por el dolor que muchas veces la azotó con implacable crueldad. Los diamantes más puros nacen en los más profundos y oscuros socavones de las minas, son "Señales en la Sombra". Cuando surgen a la luz reflejan en su prisma el resplandor del sol. Así estos poemas cuyas facetas - amor, dolor, muerte- recogen luces de lejanas galaxias, para nuestra admiración y nuestro asombro.

La vida poética de Matilde Espinosa se hizo pública en 1955, cuando salió de las prensas de Antares de Gonzalo Canal Ramírez, su primer libro "Los Ríos han Crecido". El poema de su vida había comenzado antes, cuando en tierras de Inzá en el Cauca se formó, alrededor de María Josefa Fernández de Espinosa, la sencilla e iluminada maestra rural, una familia de excepcional significado: José María el pintor, Luis Carlos el músico, Matilde, la poesía convertida en mujer .

Matilde Espinosa publicó su primer libro cuando las mujeres colombianas empezaban a romper el cerco de silencio, que pesa sobre ellas desde siempre. En la década de los años 30, Laura Victoria había hecho estallar el incendio de sus "Llamas Azules".  Al comenzar los años 40, Carmelina Soto publicó "Octubre".  En esa misma década, más nombres de mujeres se unieron a los de las primeras abanderadas: Emilia Ayarza de Herrera, Dora Castellanos, Dolly Mejía y algunas otras más.

Todas ellas encontraron refugio en la revista "Manizales", iluminada por la poesía de Blanca Isaza de Jaramillo Meza, que esparcía la luz de su sereno magisterio sobre la poesía de la mujer colombiana.  Las más afortunadas encontraron también en su camino la voz clarísima de Matilde Espinosa, que les dio valor y las vio surgir, mucho antes de que ella misma se decidiera a publicar sus versos.

En 1958 publicó un segundo libro "Por todos los silencios". Era una época dramática, de arduas persecuciones políticas y ella jamás temió comprometerse con la suerte de su pueblo. Más tarde, en 1961, publicaría "Afuera las estrellas", de apasionado y transparente lirismo.

Hubo un silencio de nueve años, armoniosamente roto con la publicación de "Pasa el viento" en 1970. Pero otros nueve años pasarían antes de la aparición de "El mundo es una calle larga" en 1979.  Posteriormente Guillermo Martínez González, poeta y editor realizó en 1980, la selección, prólogo y notas del volumen antológico "La Poesía de Matilde Espinosa", obra capital que sintetiza el contenido de todos los libros anteriores.

En 1987 se publicó "Memoria del Viento"; en 1990 "Estación Desconocida", en 1994 "Los Héroes Perdidos" y más tarde "Señales en la sombra", libro valiosísimo que viene a completar  la bibliografía poética de una de las voces más altas, sonoras y cristalinas que haya producido en este siglo la literatura en idioma castellano.

"Señales en la sombra" fue el décimo libro de Matilde Espinosa. Pero no es únicamente en los libros que radicó el valor de su obra.  Fue en el permanente influjo que ella ejerció sobre quienes se le acercaron, en busca de orientación y de consejo. Su voz, hecha de música y ternura, sólo supo de palabras de aliento,  de frases de elogio para el trabajo de las otras mujeres, de amistad y de amor.  Su voz, como una campana de oro, tañía y repicaba desde el amanecer hasta el ocaso el angelus de la poesía.

Bella y sonora, la poesía de Matilde Espinosa está llamado a perdurar en el milenio que avanza, porque está hecha con los más puros elementos de la inteligencia, la bondad y la valentía!

Post Scriptum

Yo fui destinataria de ese influjo maravilloso de que hablo y estas fueron mis palabras cuando apareció el primer libro de Matilde Espinosa:

La emoción de tener entre las manos el primer libro de Matilde Espinosa “Los Ríos han Crecido”, es para mí demasiado intensa para ser expresada con palabras. Al tocar estas páginas siento la íntima y afectuosa nostalgia de horas clarísimas, que se perdieron en la cenicienta tolvanera del tiempo., He vuelto a escuchar la dulce voz diciéndome esperanzas, prometiendo caminos para mis versos inseguros y pueriles de adolescente.

Matilde Espinosa sabe ¿qué no sabrá ella desde su corazón, herido por la amargura y la belleza? cómo el dolor del mundo cabe sencillamente, duramente, en el recuerdo de lo que pudo ser y no fue nunca. Pero ella supo mantener sus manos tendidas en espera del milagro.  El milagro está en ellas y ahora nos lo entrega, en la cosecha iluminada de sus versos.  

Aquí está la voz que esperábamos.  Limpia voz universal que une el nombre de nuestras mujeres poetas al gran coro que inician las voces de Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni y Gabriela Mistral. Oigamos la voz de Matilde:

Tu sombra maternal iba creciendo
por las adustas peñas,
por los valles,
los ríos,
por esa inmensa cuna de la vida
tejida con relámpagos y lirios.

Pacientemente, durante años y años, con constancia serena, fueron forjándose estos versos. No le importó a Matilde destruir mucho de lo escrito antes, lo que no respondiera a su clara madurez espiritual de ahora. Tal vez repetía las palabras de Antonio Machado:

Sabe esperar,
aguarda que la marea fluya,
así en la costa un barco,
sin que el partir te inquiete...
todo el que aguarda sabe
que la victoria es suya...

Llegó por fin la hora. Sin balbuceos ni tropiezos, este libro “Los Ríos han Crecido”, sitúa a Matilde Espinosa alta, muy alta en las letras de América.  Es la hermosa lección de una vida realizada en belleza. La lección humana que a todos sus hijos -pintores, músicos, poetas- daba en un pueblecito de Tierradentro , con cielo de acuarela y arroyuelos cantores, una mujer fuerte, buena y transparente: María Josefa Fernández de Espinosa.

Con palabra segura y admirable, otra mujer inicia, sin vanos elogios, con precisión y tino, con mesura y conocimiento, el libro de Matilde Espinosa.  Es Cecilia Fonseca de Ibáñez y así, con nombres de mujer, con alma y corazón de mujer , se aventura un puñado de versos por el mundo de las letras de América.

*Columna de Humo. Escrita en 1955 y publicada en El Espectador de Bogotá y El Nacional de Caracas.

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