Memoria de Claudina Múnera

En 1928 llegó al Liceo Femenino de Manizales una muchachita con cinco años acabados de cumplir. Ya sabía leer, pero a escribir no aprendió jamás. Pasó de la pizarra a la máquina de escribir sin saber lo que es una letra manuscrita más o menos legible. También pasó más tarde de contar con los dedos a la calculadora. Los secretos de la aritmética no se le revelaron nunca.

La muchachita tampoco podía dibujar.  Todavía recuerda su primera experiencia, que consistía en copiar un oso que hacía piruetas sobre una gran bola de colores. Cuando entregó su trabajo, el oso parecía una foca y la bola de colores, el huevo del ave Roc que se llevó a Simbad.  No le gustaba coser, a lo sumo punto de cruz, nunca pasó de allí.  En síntesis: esa alumna del Liceo Femenino de Manizales era un desastre total.

Claudina Múnera era alta, morena, seria y profunda. Sus ropas monásticas, su voz tranquila, sus manos delgadas y sensitivas, encerraban un caudal de ternura que todavía trasciende los años y puede caer en luz de llanto sobre las ya envejecidas mejillas de la alumna.

¿Qué hago, señorita Claudina, con esta niña? Enreda los hilos y vuelve la costura un desastre. ¿Qué voy a hacer con ella? Así recuerda la niña de aquel tiempo, la queja de “Merchita”, la profesora de costura.

Señorita Mercedes, y en realidad qué sabe hacer la niña?
¡Nada! No le gusta coser. Dice que no quiere coser con “guja”.
-Pero, qué le gusta hacer?
-Leer.
-Pues entonces, ¡que lea!

Y de ahí en adelante todas las tardes, en la hora de costura, la dichosa niñita leía en voz alta a sus compañeras. Los “fantásticos cuentos de duendes y hadas” se turnaban con las historias de los santos en el Año Cristiano.

Finaliza el año lectivo de 1928: La costura, olvidémosla. Nunca será modista. Además tiene que habilitar aritmética. En dibujo, tres. No va a ser pintora (en ese entonces se creía que para ser pintor era necesario saber dibujar).  Su letra es pésima.  No sabe ni coger bien el lápiz (nunca pudo aprender). En religión...ni hablar. El profesor no quiere tener cuentas con ella. Es cierto que conoce la historia de todos los mártires cristianos, pero en clase de catecismo hace unas preguntas fatales:
“En el principio Dios hizo la luz. Y después el sol, la luna y las estrellas”…  Padre... ¿y entonces de qué era la luz del primer día?  -¡Niña, cállese!

En historia patria, geografía y lectura le va bien. Pero va a tener que repetir el año. Los días de examen se enferma;  los domingos se niega a ir a misa en comunidad.

Señorita Claudina, ¿qué pasa con la niña?  Pregunta alarmado el papá.

- No se preocupe Don Joaquín.  La niña simplemente es muy distraída.  Trae libros de su casa y los lee a  escondidas hasta en la clase de catecismo.  ¡Y qué libros por Dios! El otro día la profesora de aritmética le encontró “El sueño de las Estaciones” de Gabriel D‘Annunzio...  De dónde sacó ese libro?

- Señorita Claudina, en nuestra casa hay libros, libros, libros... Es como un mar.  Nadie ha visto a esta niña jugando, sino siempre leyendo o contándole historias fantásticas a Alicia, su muñeca.   Escucha atentamente a su mamá cuando ella dice, de memoria, libros enteros de poesía como “La Flor de un Día y también a su abuelita cuando ella habla de la Guerra de los 1000 días, y cuenta las historias de Rafael Uribe Uribe, que viene a ser su tío en segundo grado.  Y como si fueran pocos los libros de su abuela, su mamá y su hermano, ahora nos dieron a guardar la biblioteca de Silvio Villegas. Seguramente de allí salió D ́Annunzio.  Ella es como un ratón.  Guarda libros debajo de colchones y almohadas. Está muy sola, su hermano tiene ya dieciocho años y en la casa no hay más niños. Los libros son su mundo.

- Dejémosle sus libros y su mundo... dice pensativa la señorita Claudina. Digamos que pasa el año, con la condición de que estudie algo de las materias que perdió.....nada más podemos hacer por ahora.

Pasaba el tiempo y llegó el mes de mayo, el Mes de María.  A la muchachita no la podían vestir de ángel porque no tenía cachumbos.  Cuando trataron de que cantara en el coro, desafinaba.  ¿Qué hacemos con esta niña?  volvían a preguntar las maestras a la apacible y serena directora.

- Venga niña y no llore. Tome este libro, apréndase este poema y apenas se lo sepa, lo recita cuando termine la novena. Así fue. El poema comenzaba: “En la campana del puerto tocan, hijos, la oración. De rodillas y roguemos/a la madre del señor/ por vuestro padre infelice/ que ha tanto tiempo partió...” Así salió la niña del paso y salió bien.  Las calificaciones, ahí más o menos...

Llegó un día triste, muy triste. Era necesario partir hacia la gran ciudad lejana.  Padre e hija fueron a despedirse de la señorita Claudina Múnera, a darle las gracias por su infinito amor, su infinita paciencia.

“No se preocupe, Don Joaquín, por la niña. En Bogotá hay buenos colegios y ellas es desaplicada pero inteligente. Téngale paciencia, mucha paciencia, pero ella llegará... se lo aseguro."

Post Scriptum, muchos años después:

AquÍ estoy, señorita Claudina, recordándola siempre. Lo que soy se lo debo a usted, su alumna

Maruja Vieira

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