El Viaje Imaginario

Todos hemos viajado con la imaginación. Nos hemos detenido a mirar guías de turismo, nos embebemos en libros de viajes. Los viajes son la verdadera herencia del alma .A dónde iría yo, si pudiera viajar muy lejos?

Iría a Galicia. Llegaron de Galicia los primeros antepasados del tronco familiar. Iría a Santiago de Compostela, porque los gallegos adoran al apóstol peregrino. En los viejos tiempos, quienes emprendían la marcha por el Camino de Santiago llevaban prendidas en sus esclavinas unas pequeñas conchas que se llaman “vieiras”.  En el Año Santo compostelano de 1954 renació la tradición secular de la vieira o venera, concha del peregrino, símbolo de alianza entre quienes comulgan en la fe del Apóstol Santiago.

Iría a Galicia. Y bajo el camino de luz que Santiago tiende en el cielo, buscaría los ecos de la gaita galaica y el sonido de las campanas de Bastabales que escuchó Rosalía de Castro:

Campanas de Bastabales,
cuando las oigo tocar
muèrome de soledades.

No solo la sombra lírica de Rosalía de Castro me acompañaría el camino. También vería andar a mi lado, con sus luengas barbas, a Don Ramón del Valle Inclán. El me enseñaría el paso que lleva a Puebla del Caramiñal y a la casona hidalga de Don Juan Manuel de Montenegro.

En los viajes buscamos un reflejo de lo que llevamos en nuestro mundo íntimo. Por eso buscaría en Galicia a Santiago , en la vieja y sabia Compostela y buscaría el sonido de las campanas de Rosalía de Castro. Podría escuchar el paso cruel y desafiante de los hijos del señor de Montenegro por los caminos alumbrados de luna.

Luego... Sevilla, para buscar en ella “el huerto claro donde madura el limonero” y la infancia de Antonio Machado en las calles con floridos balcones antiguos:

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero

Iría luego a Granada:

Oh, ciudad de los gitanos!
En las esquinas, banderas.
Oh ciudad de los gitanos...
Quién te vio y no te recuerda?

Córdoba lejana y sola. Y Aragón y Extremadura. Toledo del Greco y el Madrid dicharachero y luminoso de la Gran Vía y la Puerta del Sol. Yo iría a España y en Galicia encontraría las raíces iniciales de mi sangre. Pasaría largas horas en el Museo del Prado para encontrarme con el prodigio de Velásquez y sus perspectivas interminables y con el grito rebelde y herido de Don Francisco de Goya y Lucientes, el aragonés.

Iría a España. Por sus caminos, por sus cantares. Por los caminos de Soria: Soria fría Soria pura/ cabeza de Extremadura/ con su castillo roquero/ arruinado, sobre el Duero. Iría por las tierras en donde traza el Duero su curva de ballesta. En sus orillas recordaría el poema de Ángela Figuera Aymerich:

Me fui con tu libro allí
y luego no hacía falta
Todos tus versos, Antonio,
el Duero me los cantaba
Siempre los canta

Por Andalucía y por Castilla, por los caminos de los moros y de los cristianos, sobre la huella del Cid Campeador, o al encuentro de la viva fuente de Teresa la Santa, de Fray Luis de León y de San Juan de la Cruz. A nosotros los latinoamericanos, nos llama España, con la fuerza de la sangre y la palabra. Por eso iría, ante todo, a España, si este viaje no fuera imaginario. Como lo es todavía, viajo apenas en el barco invisible del sueño.

Popayán, 1956

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