Poetas de Venezuela

Cuando, al vuelo metálico del avión, aparecieron por primera vez ante mis ojos las costas peladas y rojizas de Venezuela, recordé el poema que ante esas mismas costas y a bordo del vapor “Colombie” escribió, en su viaje de exilio, Rafael Alberti:

"Se ve que estas montañas son los hombros de América.
Aquí sucede algo, nace o se ha muerto algo.
Aquí se perdió alguien,
se hundió, se murió alguien.
Pero aquí existe un nombre,
una fecha,
un origen,
se ve que estas montañas son los hombros de América."

En tierra me aguardaban las manos cordiales de Antonia Palacios y Alejo Carpentier.

Más tarde, el gran cubano me dedicaría “El Reino de este mundo” , en recuerdo de su maletero... Entré a Venezuela con los ojos abiertos y los oídos dispuestos a ver y escuchar.  Muchos ecos me habían llegado a través de las hojas fugaces de los periódicos y del mensaje bien hallado de los libros. Recorrí el itinerario humano de Venezuela y al regresar traje conmigo un afecto profundo y perdurable por el país, sus gentes y sus hechos.

En Caracas, bulliciosa y llena de luz, junto al Avila multicolor; en Valencia, como la Valencia de finas torres del poema de Machado; en Cumaná, la silenciosa, madre de todas las ciudades; en Barquisimeto de crepúsculos encantados y parques llenos de margaritas; en Los Teques, al pie de la estatua del cacique Guaicaipuro; en La Victoria de José Félix Ribas; en la Guayana misteriosa; en la Isla de Margarita, soberana del Mar de las Perlas; en el dulce Caripe del oriente venezolano; en Carúpano “un brazo largo como una calle/ con la fe cristalina de su Luisa del Valle”; en Mérida, la señorial ciudad de los caballeros; en Maracaibo, ardido de petróleo y de sol; en el nombre con sabor a fruta de Guasipati, la aldea de Jean Aristeguieta; en Ciudad Bolívar, hecha de hierro y de estrellas; en Valera de Ana Eriqueta Terán; en Barinas de Enriqueta Arvelo Larriva, descubrí, entre nombres que poco a poco me fueron resultando familiares y rostros que ahora recuerdo con cariño, la síntesis de un mensaje poético alto y auténtico como pocos.

Algunos de los poetas a quienes voy a referirme son los que vienen después del Grupo Viernes, es decir los nacidos entre 1908 y 1925. Para hacer más clara su ubicación dire que el movimiento más importante de la poesía venezolana es el que establece un paralelo con nuestra generación de Los Nuevos y se conoce como la Generación de 1918.

Enumero algunos de sus integrantes: Andrés Eloy Blanco, Luis Enrique Mármol, Enrique Planchart, Fernando Paz Castillo, Félix Armando Núñez, Héctor Cuenca, Jacinto Fombona Pachano, Rodolfo Moleiro, Angel Miguel Queremel, Angel Corao, Eduardo Mathyas Lossada, Enriqueta Arvelo Larriva, Luisa del Valle Silva, Gonzalo Carnevali, Luis Barrios Cruz, Pedro Sotillo, Julio Morales Lara, Antonio Arráiz, Antonio Spinetti Dini, Vicente Fuentes...Pero no es a la Generación de 1918 ni al grupo Viernes a los que voy a referirme, Es a la generación que integran Miguel Otero Silva, Juan Liscano, Carlos Augusto León, Juan Manuel González y Luis Pastori y a las mujeres que, a mi entender, representan la más alta lírica venezolana: Jean Aristeguieta, Luz Machado de Arnao, Ofelia Cubillán y Ana Enriqueta Terán.


Jean Aristiguieta

El tremendo juez que es el tiempo poda. Inflexible, lo artificial y sólo deja en la historia de una época literaria aquello que es puro y auténtico. Así queda la poesía de Jean Aristeguieta, pura y valerosa, en la historia literaria de Venezuela y de Hispanoamérica.
Porque Jean es poeta verdadera y "Poeta es fiebre de pasión sencilla / cuando todos adoran falsos ídolos".."Poeta es dar la sangre alucinada para alcanzar la cruz de la belleza".
Jean es poeta.La poesía es su pasión, la poesía es su patria. "Padezco su violencia, su aislamiento/ y ya nada me puede vencer completamente". Las palabras de Jean surgen de su propio corazón, del corazón de la poesía "Corazón incendiado por la belleza/ No importa que te persigan/que te inventen palabras oscuras/ marcha con tu signo clarividente/ avanza hasta iluminar el horizonte/ no escuches el odio de tus enemigos/sigue creyente de toda verdad / hasta el viento, hasta el silencio/ entrega tu mensaje heroico/ que te hieran, sí, que te atormenten/saldrás más transparente, más constante/ de la prueba visionaria.”.
Jean, bandera iluminada, río musical, Jean rodeada de ángeles nocturnos, Jean de Venezuela, con su canto de amor y sus caminos que llevan lejos, infinitamente más lejos, siempre más lejos y más alto. Jean universal por la Venezuela que ella canta con la voz que todos los poetas quisieran tener para hablar de la patria... Jean... Poeta!

Un libro de Jean

Son hermosos los libros pequeños. Tienen no se que de tierno y brillante, de gota de agua, de rayo de luz. Algo infantil y desprevenido, que nos hace llegar a ellos con más confianza de la que nos inspiran los grandes libros solemnes.

Hermoso es este libro de Jean Aristeguieta que acaba de aparecer editado en España, en la Colección "Doña Endrina". Pequeño y luminoso, diamante exacto de la prodigiosa cantera poética de Jean, "luz de Guasipati, hija de Venezuela" se titula "Embriaguez de mi pulso". Se imprimió en Madrid en la Calle Elvira. Trae dibujos del poeta Luis Alvarez Lencero. Lleva a España y trae de regreso a Venezuela un mensaje poético de incomparable altura.

En estas breves veinte páginas está resumido tanto aliento lírico, está contenida tanta fuerza... La fuerza de la voz de Jean Aristeguieta, llena de luceros y de tempestades como su Guayana misteriosa plena de horizontes y ardida de esperanza como la Venezuela que ella encarna, ama y canta:

"Canto, canto desencadenada y elemental
iluminada tan solo por el amor,
convencida del precio desesperado de la poesía".

Porque Jean, tal como lo dice Antonio Fernández Molina en el Pórtico para Jean Aristeguieta "es un poeta en el sentido puro de la palabra. Un poeta arrebatado, incontenible. Nada en la poesía de Jean parece que responda a un esfuerzo, que esté dentro de las reglas de determinada tendencia o ideología, sino que está dicho y vivido sin remedio, por necesidad de su propia naturaleza".


Ofelia Cubillán

Un día la piqueta del progreso se acercó, arrolladora, a una casita como de muñecas. Estaba situada en el barrio El Conde de Caracas y se llamaba "San José" porque tenerla - decía Ofelia abriendo sus grandes y asombrados ojos oscuros - fue un milagro de San José del Ávila.

Ofelia Cubillán vivió en un ámbito donde los milagros y los sueños eran cosa natural y corriente. Las imágenes del inframundo, del universo subconsciente, tenían para ella un valor igual al de las imágenes reales. Estaba asida a un mágico mundo interior. Su poesía es una tonalidad dulce, a media voz, que de repente cae en hondos y misteriosos silencios.

En el coro de las voces femeninas de la poesía de Venezuela, al lado de la resonancia honda de Luz Machado, de la alta y tempestuosa canción de Jean Aristeguieta, de la profundidad metafísica de Ida Gramcko, del ágil, sonoro y desafiante acento de Lucila Velásquez, la voz de Ofelia Cubillán es una nota dulce, tierna, soñadora que nos sale al encuentro:

Mundo de la verdad.
Amo sus puertas de silencio,
su pura voz, su esencia
que los hombres desechan

porque ella es de los cielos...

Nació en Coro, en el Estado Falcón, la tierra de los médanos interminables, que al paso del viento cambian de forma como un mar de arena. En sus años de Caracas, en la casita del barrio El Conde, fue tejiendo a su alrededor una suave atmósfera, donde la soledad ya no hería. Porque hay una soledad hiriente, mayor que la del tiempo y el espacio, la soledad de las multitudes y las distancias, que en la ciudad que crece hora por hora, cerca y asfixia.

Llegó el progreso con su nube de polvo se llevó la casa de muñecas, la casita que era como salida de un cuento de Hans Christian Andersen. Llegó la prolongación de la monumental Avenida Bolívar entre un tremendo fragor de maquinarias. De repente, en uno de esos gestos de prestidigitador con que Caracas cambiaba de la noche a la mañana el curso y la fisonomía de las calles, en lugar de los árboles crecieron troncos metálicos con deslumbrantes flores de mercurio.


Pedro Rivero

Me voy para España - dijo un día en Caracas el poeta Pedro Rivero - Me voy porque España y el Quijote son mi reserva espiritual. Voy a aprovecharla ahora, cuando la vida ha decantado en mi corazón todas las emociones. Y el poeta margariteño, el cantor de El Mar de las Perlas, se fue para España.

Mar, siempre mar. Y siempre cielo. Lo vieron brevemente las calles de Madrid. Pero siguió buscando el mar.  Llegaban cartas suyas, escritas, como el poema de Rubén Darío "con perfume de azahares/ en las Islas Baleares..."  Y llegaba su libro "El mar de Ulises" (Nací en el mar, sucumbiré marino). Ya nada de esto volverá a llegar.

Se fue Don Pedro, con su sonrisa buena, con su melena blanca, como de sal marina. Aquí, tan lejos de sus Baleares, tan lejos de su Isla Margarita, está la clara presencia de sus versos… Es la inagotable, purísima verdad de una poesía donde se escucha el rumor de las olas del Mar de Ulises:

Con voz de veinte siglos hoy te hablo.
No ha sido tuyo sólo el mar de Homero,
después de ti lo conquistó cimero
el mástil taumaturgo de San Pablo.

Ya no está don Pedro en Madrid, ni en sus playas amadas de Alcudia, en las Islas Baleares. Pero sigue, viajero de sus mares, navegando en el mar de sus versos. Como el albatros de Baudelaire, su reino invisible está en los altos y anchos espacios oceánicos. Sigue navegando y soñando. Ya anciano, su corazón, a través de la distancia y el tiempo, guardaba luz de milagrosa juventud. En bogotana tarde de bruma, al releer El Mar de Ulises, es como si Don Pedro estuviera aquí, hablando de sus nuevos viajes de Simbad o contando una vez màs su amada historia, la de su amor por una frágil muchachita colombiana que se llamaba María Tadea Morales, que lo acompañó una noche en París, a buscar el nombre de Francisco de Miranda en el Arco del Triunfo.


Cruz Salmerón  Acosta

Era hermoso Cruz María Salmerón. Era hermoso y brillante. Lo amaban las muchachas cumanesas, que tienen cuerpos altos y espigados y son silenciosas y bellas. Lo amaron las alegres caraqueñas de sus días de estudiante, cuando entre todos era el que tenia más claros los caminos, más alto el porvenir, más sonoro el acento. Y de repente, el horror de la maldición bíblica, Cruz María Salmerón cayó herido por el mal de Lázaro.

Años y años pasaron ante el azul espejo del Golfo de Cariaco y el alma del poeta salía ilesa, más pura cada día, de la horrenda batalla...Como en el poema “Job” de Guillermo Valencia: “Bajo el fuego tenaz que la carne mordía/ la pureza crecía de ese humano crisol.  Se enalbaba el metal con hervor refulgente/ y el escombro doliente se doraba de sol!

Jamás un grito de amargura, nunca una imprecación salió de aquellos labios destrozados. Cruz Salmerón Acosta perdura en el recuerdo porque lo reflejan las palabras de Hugo Salazar Valdés:

Todo se llama ahora Cruz Salmerón Acosta
en la tierra y el aire y el sol de Venezuela.
Todo lleva tu nombre de siempre viva muerte
¡poeta en las entrañas del mar como una estrella!

La lluvia caía, cruel, incesante, deshaciendo la tierra de la tumba hasta convertirla en triste barro, cuando un grupo de amigos que todavía recuerdan aquella hora con lágrimas acompañó al poeta en su última muerte.


Luis Enrique Mármol

El 17 de septiembre de 1926 murió en Valencia de Venezuela, a los 29 años recién cumplidos,el poeta Luis Enrique Mármol. Había nacido en la parroquia caraqueña de Santa Rosalía el 21 de agosto de 1897. hijo único de Luis Mármol y Rosa Amelia Infante.

Dejó un libro de versos de corte modernista titulado “La locura del otro” y una selección, también en verso, de estampas irónicas y finas, que tituló “Pastiches criollos”. Cuando José Tadeo Arreaza Calatrava publicó, en mayo de 1915, los primeros versos de Mármol, en el joven de 18 años ya se adivinaba la maestría poética que caracterizó su brevísima obra. De 1917 es el poema que da título al libro “Aquel otro”;

"Un dolor transparente de mis pupilas rueda
y esta ruina que pugna por ser, tan sólo queda
de aquel otro que estaba loco como la vida”

Un recobro del romanticismo y uno de sus temas más logrados es “El Visitante”:

Y quedé solitario con mi tedio...Ya nunca
volverá a visitarme mi espíritu de antes...

Es la de Mármol una poesía de imposibles y de lejanías, con un tinte de resignado escepticismo. Su actitud es similar a la de nuestro José Asunción Silva. Para ambos poetas, el uno voluntaria y el otro involuntariamente, alumbró el signo de la muerte prematura y trágica. Algo en el poema “Ayer” de Mármol se hermana con las “Gotas amargas” de Silva:

No quedaba sino lo cursi
de aquellos “Diarios” de mi amor...
Y en lugar de llorar, reí,
pero era más grande el dolor”...

Bien poco habla vivido el poeta cuando llego la muerte dolorosa e inesperada. Tal vez habría igualado a los más grandes de su generación de 1917 y el olvido no estaría cubriéndolo.  Sus versos conservan la vigencia total de una obra de arte bien lograda. Si el destino no le permitió hacerla más extensa, una mano generosa, la mano de Raúl Carrasquel y Valverde, salvo del silencio la obra de Mármol, que había escrito versos eternos como “El Extranjero”:

Gulliver tomó asiento en la piedra rugosa
que los liliputienses llamaban “la montaña”.

Estas características perdurables están presentes en otro poema que Mármol tituló “Una mujer me llena de luz”:

Así remota eres más hondamente mía,
que la nada es la inmensa alma del universe
y la belleza una suprema lejanía...

Claro Recuerdo” tiene el crescendo de las letanías cristianas, que inicia una voz a la cual van uniéndose otras, hasta formar la angélica Escala de Jacob:

Tú que eres lo único mío,
claro recuerdo, sálvame!

Un trasunto de sus lecturas de Víctor Hugo presta fuerza y dramatismo al poema “Tendiese a dormir” ̈

"Y el cansancio no pudo seguirlo en su Carrera
ciega y desatentada a traves de las horas,
contemplaron los días, los años y los siglos
el vuelo de una sombra seguida de otra sombra”

Algo de ese cruel poema que Baudelaire tituló “Las Viejas”, angustiada protesta ante la ineludible crueldad del tiempo, se encuentra en “Los Mendigos”:

Y es que en verdad es duro mirar hacia la vida
cuando nunca alcanzamos nada o lo hemos perdido

El 18 de septiembre de 1926, al día siguiente de morir el poeta, se publicaba en la revista Elite de Caracas su último poema “El Apóstol Maldito”.

Y entonces el poeta detúvose y calló.

El Extranjero

Gulliver tomó asiento en la piedra rugosa
que los liliputienses llamaban la montaña.
A sus pies extendíase la ciudad populosa
de Liliput – fabril, progresista y tacaña.
La fábrica, el palacio, el parque, la cabaña
y la casona hidalga del abolengo rancio,
nada faltaba, era una ciudad como cualquiera:
cien carruajes cruzaban la blanca carretera
y más allá, labriegos oblicuos de cansancio.
Hormigueaba en las calle muchedumbre irrisoria
- líricos, hijosdalgo, pecheros, mercaderes,
estos ávidos de oro, fanáticos de gloria
aquellos, las mujeres, necias, al fin mujeres
¡Gulliver contemplaba cómo a sus pies hervía
en torpes ansias sórdidas la ciudad trepidante.
Odio, injusticias, crímenes...Y Gulliver sentía
el orgullo de ser gigante!

********* ******* *****

Gulliver tomó asiento en la piedra rugosa
que los liliputienses llamaban la montaña...
A sus pies descansaba la ciudad bulliciosa
de Liliput – romántica, luminosa y extraña.
Abríanse en la sombra trémulas luces de oro:
luz en palacio, en la cabaña claridad,
Grupos de amantes iban hacia el parque sonoro
y era un inmenso arrullo de amor y de piedad
toda la sombra... Oíase un susurrar de besos
y bajando la vista pudo ver Gulliver
los grupos abstraídos en hondos embelesos:
el hombre siervo, sierva divina la mujer.
Estaba solo en medio de la noche sombría,
junto al amor unánime de la ciudad vibrante.
Estaba solo..sólo...Y Gulliver sentía
la tristeza de ser gigante!


Pedro Sotillo

"Dios lo guarde, Don Pedro!" Quien haya caminado alguna vez con él por esas calles que ya no quedan, habrá oído muchas veces esta frase . Cuando existía el Mercado de Caracas y Don Pedro iba allí todos los días, con qué alegría lo recibían venteros y venteras, niños y perros!

Ventas del Mercado. Inmensa sordina,
revuelos de faldas y golpes de cesta,
muchacha que pasa, que mira ladina
y rapaz que al hurto furtivo se apresta.....

Viejos cargadores de puestos seguros
que en las rinconeras muerden el cigarro,
un rayo que escapa de los ojos duros
anima un momento los rostros de barro...

Y el sabio herbolario. Su rostro es tan serio
como el de esos ídolos del viejo Indostán.
Toda su leyenda, todo su misterio
en versos insignes contó Valle Inclán.

Las calles, los tejados, los viejos tejados, refugio de los gatos del aquelarre, los postigos que esconden misterios buenos y misterios malos...El campo y la ciudad, la calle y los caminos, los caminos del Llano y de pronto el poema total , el que tiene todos los horizontes y ecos de música, que vienen de todas partes a la vez.

La penumbra por el campo va silente
Y en un árbol se ha parado a meditar.
y tu frente y abatida ya tu frente!
si en el bosque, si en el cielo, si en el mar....

Cómo pesan los silencios de lo arcano
en el alma que se muere de escuchar.
Y la angustia de tu mano entre mi mano
si en el bosque, si en el cielo, si en el mar..

El misterio se ha dormido por los prados
Y se pierde en las lejuras el cantar.
Yo te he visto con los ojos abismados!
si en el viento, si en el cielo, si en el mar.


Fernando Paz Castillo

En la generación poética venezolana de 1918, Fernando Paz Castillo representa una cifra valiosa. Es un cento finísimo, cargado de evocaciones y nostalgias, donde cada palabra cobra un valor exacto.

Una palabra bella,
Sólo la intacta intimidad de una palabra bella
Me bastaría para la vida.

Parece que el elemento preferido por cada poeta brota de la esencia misma de su personalidad. Hay poetas de los cuatro elementos: fuego, aire, agua y tierra. Antes que dividirlos en escuelas o en etapas cronológicas, valdría la pena agruparlos por el elemento predominante en sus poemas. Así en la generación poética venezolana de 1918, Pedro Sotillo sería el poeta de la tierra, Vicente Fuentes el poeta del agua, Angel Miguel Queremel el poeta del fuego y Fernando Paz Castillo el poeta del viento.

El viento es un elemento liberador, que arranca las hojas muertas y deja intacto el árbol de la poesía pura. El aire es el espacio sin cadenas y puede ser también el abismo. Para la poesía venezolana Paz Castillo es un Ícaro a quien no se le queman las alas. Sus horizontes de cielo y sol están intactos.

Tarde lenta y profunda.
Paisaje con dos pinos y un desgreñado cedro
Y la luz de un camino que va a un cielo de plata
hacia armoniosas cumbres ya frescas de luceros.

A la orilla del monte un reguero de casas tan frágiles
que parece que las trajo el viento.
El viento loco se llevó las casas
y las dejó asustadas como un agrupamiento de estrellas.

Los versos de Paz Castillo son “como flautas de pino en los labios del viento”.

“Ahora las luces son las que se han vuelto locas por el viento”.

Hecha también de aire, invisible y real en su intangible esencia, pasa por la poesía de Paz Castillo la mujer que no vimos...

Se alejó lentamente
por entre los taciturnos pinos,
de frente hacia el ocaso, como las hojas y como la brisa
la mujer que no vimos.

Fino poeta venezolano de la generación de 1918, Fernando Paz Castillo entrega su voz a los cuatro vientos, a un horizonte donde la armonía se teje y se desteje en lentos hilos de aire y niebla.


Carlos Augusto León

Este poeta de rostro infantil y maneras desprevenidas es Carlos Augusto León. De sus labores docentes en el Liceo Andrés Bello de Caracas va a la casa, revuelta y alegre, que gira alrededor de la bella sonrisa de Lupe, su mujer... ¡y qué gran poeta de América hay en sus libros! A Solas con la Vida, Los Nombres de la Vida, Elegía a Jorge Manrique, Canto de mi país en esta guerra...... Los Premios Nacionales y Municipales de Literatura hacen fila, mezclados con cuadros y juguetes, en los estantes de la biblioteca.

Para Carlos Augusto León, como para Juan Liscano y para la mayoría de los poetas de la Venezuela de entonces, lo primero era lo propio:"Yo te debía esta voz, mi ciudad de Caracas/ Yo te debía esta voz porque tú eres/ de la gran tierra y ya no mía tan solo". Así va Carlos Augusto León con sus poemas por los Andes y le sonríe el pequeño hijo de algún peón y pasan hombres de ruana azul y colorada... En su poesía predomina lo positivo; su poema a la muerte es la mejor de las actitudes ante ese gran interrogante del ser, que teme y espera la respuesta definitiva que está más allá de las cosas:

La muerte es un caballo que llega a nuestra puerta
y comienza a golpear la tierra con sus cascos.
El hombre siente entonces brusco deseo de viaje
al país de las frutas , del silencio, del agua.

El pedazo de tierra que fue la carne nuestra
vuelve a sentir el peso fecundo del arado.
Nuestra piel se transforma en la yerba tranquila
que levanta en el campo su cabeza delgada.

Quizás alguna vez volverán a encontrarse
en la rama de un árbol, en los cuernos de un toro,
esos pequeños seres que formaron el nuestro,
esas fraternas células ya vivirán en otro...

Alégrese la carne con el viaje anunciado.
Regocíjese el cuerpo de sus formas futuras!
Para el hombre que vive con el mundo a su lado
la muerte es sólo un potro, un alto potro oscuro...

La actitud positiva de Carlos Augusto León persiste, hasta en su más desgarrado poema Elegía a la muerte de mi padre. Allí, ante la amargura de lo que se derrumba, surge la voz desafiante del hombre que sabe que la vida es un eterno renovarse a través de la sangre.

Muy lentamente, padre, te nos ibas muriendo;
poco a poco nosotros recibíamos tu aliento.
Como esa larga espera por el nacer de un niño,
así era de larga la espera de tu muerte.

Nadie lloraba recio ni movíase siquiera.
Del hilo de tu aliento pendían las miradas.
El hilo de tu aliento amarraba las manos.
Te vimos forcejeando con la muerte a puro corazón.
Te vimos forcejeando con la muerte y a veces le ganabas.
Ella se alzaba luego con su puñal en alto
y sentíamos de nuevo su violenta llamada.

Nadie podía ayudarte en el morir tan fiero.
Al sitio donde estabas no alcanzaba mi mano.
Estabas solo, solo, luchando con la muerte.
que solo se está siempre para ese amargo trago.

Ahora empiezan de nuevo a contarte los días:
un día ya de muerto, dos días ya, tres días...
como cuentan a un niño el tiempo de nacido
sin pensar que tu muerte, tendida sobre el tiempo,
no podemos medirla con toda nuestra vida.

La llevamos adentro en un recuerdo breve.
Es el recuerdo, padre, de tu clara agonía....
y también tu sonrisa de los tiempos de antes
y el aire de aquel campo donde fui cuando niño.

Con un hijo te pago la vida que te debo.
Yo soy ahora el padre, ¡oh padre compañero!
Tú me diste estos ojos y encendiste su luz
con la brasa que en ti había puesto el abuelo.
Con un hijo te pago la vida que debo,
porque creo ciertamente que no hay otra manera.

“Con un hijo te pago la vida que te debo”.... Esa es la actitud, vital y erguida, que corresponde al hombre de este tiempo en América. Ya están lejos los poetas del alcohol y del humo. Ahora son como Juan Liscano, investigador del folclore popular, mezclándose con los negros de Barlovento para grabar sus canciones, venidas del África en la pesadilla de los barcos negreros. O como Carlos Augusto León, el professor de matemáticas y geografía del Liceo Andrés Bello y quien, sin embargo, no es sino el poeta...

Sabed que yo no soy sino el poeta
y cuando alzo una torre
o cuando planto un árbol
sólo edifico alguna palabra de mi canto.

Carlos Augusto León entiende que la misión verdadera del poeta es hablar en lenguaje humano, comprensible. La huella de Antonio Machado se adivina en él, como en la mayoría de los poetas cuyos nombres tienen signos perdurables. La poesía en América debe responder a las fuerzas dinámicas de nuestro continente, de nuestro “nuevo mundo” y no convertirse en eco del trueno lejano de lo que se desmorona más allá de los mares. Europa tiene valores positivos que deben seguir guiando nuestros pasos pero los desechos de su gran historia no tienen por qué invadir nuestro camino. No recojamos la quincalla barata... Hablemos en español y pensemos en latinoamericano.


Manuel Felipe Rugeles

Y voy a terminar mis palabras sobre poetas de Venezuela, hablando a ustedes de Manuel Felipe Rugeles. Quise hablar del inmenso Andrés Eloy Blanco, pero él necesita un espacio aparte, porque no se puede resumir en pocos minutos su vida de caballero andante de la libertad, su poesía, legítima expresión del alma venezolana. Hoy termino hablando de un poeta que sabe vivir tranquila, dulce, descuidadamente el mandato de un frágil y sereno universo interior...

Estará Manuel Felipe ahora, en el atardecer caraqueño, cuando ya desaparece entre luces y sombras el verde tierno del Ávila y la primera estrella acaricia los jardines de Galipán... estará Manuel Felipe en su quinta de San Bernardino, la casa de nombre místico y marinero, Virgen del Valle, patrona de los pescadores de la Isla Margarita...

La quinta Virgen del Valle está situada en una de esas avenidas casi imposibles de encontrar en la Caracas nueva Se llama la Avenida Licenciado Aranda y no tiene otra nomenclatura que el color de sus jardines. Pero no será difícil encontrarla hoy, porque el piano, bajo las manos suaves de Ana Mercedes Azuaje, estará poblando el aire cercano con las mariposas sonoras de una ronda musical.

Alfredo llegará, con sus cinco años lleno de seriedad y de dulzura, a acurrucarse a los pies del poeta...

Traerá la carita sudorosa, enrojecida, llena todavía de "agua del sol"? O vendrá a contar, triste que a la montaña "se la tragó la niebla"? Habrá dejado esperando en el jardín a los amiguitos con las dulzainas y los acordeones y, abandonado su pequeña orquesta infantil, estará dirigiendo una propia, individual orquesta, con una partitura que la dictan la sangre del padre poeta y el alma musical de Ana Mercedes?

En las paredes, cuadros.  Flores en todas partes.  Afuera el Ávila cercano, como una amatista inmensa. En la casa de Manuel Felipe Rugeles música,  poesía,  amor. Y una respuesta para el recuerdo que llama a la puerta y busca las pequeñas manos amadas de Alfredo:

"Hoy yo tuve en las manos una copa de estrellas.
Me escribieron amigos de países lejanos.
Ellos todos auguran para ti cosas bellas..."


Julio Morales Lara

Inicié a través de los versos y de la amistad de Julio Morales, este amor por Venezuela que sigue siendo razón y signo de mi vida.

Aprendí a conocer Aragua antes de verla en realidad tangible...

Un domingo, calor y fastidio
En un pueblo tranquilo de Aragua,
un sol bravo en las calles, realengo
y un samán conquistando la plaza.

Julio Morales Lara tenía una sonrisa que era como un amanecer llano adentro... Amaba al sol y él mismo llevaba el sol consigo, el sol de Aragua y Carabobo, sol de los heroes lanceros...

Está vestido de Gloria
el viejo lancer
de aquel !Vuelvan caras!

Venezuela de Julio Morales, Venezuela de Pedro Sotillo que "tiene un corazón armonioso" porque entre la piedra de las monumentales construcciones, mientras los edificios corren buscando el cielo, la venezolanidad "agua arisca que se pintó de cielo, que cantó como un pájaro en la jaula" sigue fluyendo, alegre, como la voz del agua dentro del tinajero.

Es el poema más hermoso de Julio Morales Lara: "El tinajero"

Tinajero,
tienes un corazón armonioso.

El agua
que aprendió a cantar en la montaña
se metió como un pájaro
en tu jaula. El agua arisca
que aprendió a cantar
como los pájaros,
que corrió por la quebrada,
que se pintó de cielo
no olvidó su canta
entre tu jaula.

Tinajero,
no tuviste corazón
hasta que el agua se metió en tu jaula.
Eras sordo y adusto como un viejo
y hasta daba miedo contemplar tus rejas.

Hoy tienes voz y frescuras de mujer,
sabes cantar con voz clara
el ritmo de tu corazón
de piedra bárbara.

Tinajero,
esta noche has cantado tanto
que la tinaja se colmó de agua
y se ha dado a cantar alegremente...

Para Julio Morales Lara, Venezuela era la madre, la hija, la novia... Con unción emocionada decía su nombre, para nuestros oídos ansiosos de escuchar su mensaje clarísimo... Venezuela:

Venezuela del llanero,
caballero de cotiza y garrasí...

Hombre fuerte de las tierras sin jorobas,
creo en ti.

Venezuela en la dulce y monorrítmica voz del tinajero, en la copia faramallera del Llano, en el tambor despierto de la noche de San Juan:

Noche de San Juan, vino del cañal,
un tambor despierta su ritmo ancestral.
La mistela empuja su rudo cantar,
las coplas dan tumbos dentro del maizal.

"San Juan va contento y yo también.
así como vamos
vamos bien.”

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