La Cueva del Guácharo

Sinfonía de Piedras y de Sombras

En 1802, Alejandro de Humboldt y Anton Goering visitaban un lugar cuyas maravillas quedarían registradas por Humboldt en su Viaje a las Regiones Equinocciales. A la luz de las teas de los indígenas, en expedición encabezada por el jefe de tribu Felipe Caripe, escuchando el graznido ensordecedor de los pájaros que habitan las altas oscuridades de la cueva, los sabios avanzaron, descubriendo a su paso sorprendentes obras de arte talladas por la naturaleza.

La excursión a la Cueva del Guácharo guarda para el visitante emociones inolvidables. Dejando afuera el sol y el verdor de la bella region de Caripe, se penetra a un mundo de fantasía. Aunque allí la mano del hombre no ha intervenido, parece que milagrosos escultores han creado las mil formas que la piedra toma al paso de los siglos.

Las tribus celebraban aquí sus ritos y sus sacrificios. Y en verdad, nada más imponente que este templo de sombras, en el cual se diría que reinan las divinidades de la tierra profunda. Desde los primeros grandes peñascos de la planicie, a la entrada, hasta los pasadizos tenebrosos de las últimas galerías, hay algo en la Cueva del Guácharo que se impone al ánimo y deja en la memoria el sello indeleble de lo que, una vez vivido, nose olvida nunca.

Al entrar se escucha por unos minutos la gritería de los guácharos que viven en lo alto de la cueva. Se siente el roce de sus alas contra las piedras y al elevar la luz de las linternas se descubren sus nidos y las sombras aladas que pasan. Pero al llegar a la primera galería, a través de una delgada hendidura en la roca, el silencio es absoluto. Llaman a este sitio “El cuarto del silencio”. Murallas de roca espesísima separan al visitante del mundo exterior y de la algarabía que forman las aves a la entrada de la cueva.

La luz, que va en manos del guía, descubre a cada momento nuevos prodigios, prodigios de piedra....Parece que se hubieran congelado allí las cascadas, las gotas de la lluvia, el rayo del sol entre las hojas de los árboles, como si todas las formas de la naturaleza se hubieran filtrado a través de la montaña para convertirse en estatuas... La estatua del silencio, la estatua del asombro, la estatua de la primavera, la estatua del aire del primer verano del mundo.

El agua cae por los muros y la tierra es insegura; se hunden en ella los pies y la ascensión se hace difícil. La luz de las linternas lucha contra una oscuridad que se hace más espesa a medida que nos internamos en las profundidades de la cueva.

Las piedras despliegan sus mil formas: aquí un cuerpo de mujer, en la actitud de las cariátides de los antiguos templos griegos. . Más allá un cortinaje gris que parece plegado por la más fina mano. Frutas, pétalos, la forma delgada de una palma.

En la llamada “Poza de Humboldt” se percibe claramente, tallada en la piedra, la firma de Antón Goering, quien la estampó allí hace siglos. Se dice que la firma de Humboldt està cubierta por las aguas. Muchos exploradores han cruzado debajo de la roca que allí forma bóveda, dos o tres metros bajo el agua por un estrecho túnel. Y cuentan que más allá hay un lugar donde todas las piedras son del vivo color de las amatistas y otro cuyo suelo parece hecho de perlas...Se piensa en las leyendas de los gnomos que habitan el centro de la tierra. Este podría ser, este palacio de sombras y amatistas, el más hermoso de sus reinos.

Al regreso se experimenta una extraña emoción al volver a ver la luz del sol por la abertura de la cueva, de caprichosa forma. Allí alguien hizo elevar tres cruces, como las cruces del Calvario. Y luego el camino, a través de los cafetales enjoyados con el rojo fulgurante del grano maduro. Caripe, donde todas las casas son limpias y hermosas y las calles rectas, donde la gente es fina, casi siempre rubia, descendiente de italianos.  Caripe, donde todas las muchachas son bellas y donde el cielo y el aire son más claros que en ninguna otra parte del mundo, porque la claridad está afuera, en las colinas verdes y está adentro, en todas las casas con jardines, orquídeas y naranjos.

Caripe “Jardín del Oriente”, orgullo del Estado Monagas, es un lugar cuyo recuerdo y la amistad de sus gentes se vuelven para siempre parte del corazón. El que allí va siempre quiere volver.

He regresado a Caracas por la vía de Cumaná, la antigua, la silenciosa ciudad madre de América que vio nacer a Sucre. Es una nueva página de belleza que me abre Venezuela en su paisaje prodigioso y múltiple.

Caracas, 1950

 

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