Carta a Venezuela

A Don Claudio Vivas

Carta de Venezuela...
¿quién escribió mi nombre
mientras el arco iris y la estrella
iban por Altamira de la mano?

En los sellos azules de la carta
vino un jirón de playa
y en el verde un tiquete de paisaje
para viajar en aquel tren de Aragua.
El lago de Valencia, con veintidós monedas,
le compró al tiempo todas sus tardes de verano.
Carta de Venezuela, suave fulgor de lámpara,
camino de silencio, sombra fiel de los árboles.
En la calle del sueño se abrieron los balcones
para ver la amatista que anochece en el Ávila.

Carta a Venezuela. Memoria de Don Claudio Vivas

Se piensa, al conocerlo, en Nicolás Ostrovski, en Mariátegui, en Gallegos Lara; pero luego se les olvida y queda este Don Claudio Vivas. Se olvida el bastón que acompaña sus pasos y solo se ve su rostro, tan alegre en los ojos.

Oímos su palabra segura y amable, que nos habla en el idioma pausado, de recias inflexiones castellanas, de quienes nacen en las regiones andinas de Venezuela: “Aldea merideña, arriba mucha nieve, abajo mucho verde!”

Don Claudio nació en Tovar, Estado Mérida. Y ha dicho en un momento de nuestro caminar: “ Me gustan las dificultades. Sin ellas la vida no tendría sentido”. Don Claudio las vence. Las dificultades no hacen sino volverle más diáfano el sentido del mundo y más dispuesta la mano amistosa. Fue maestro y todavía gira a su alrededor el hálito vivo del respeto, de quienes saben que tienen de él mucho que aprender.

Pero no solamente el aprender y el enseñar de los libros.  Don Claudio nos enseña, por gracia de su firme sentido de la belleza, a sorprender la huella eterna que dejan en el aire la mariposa y el perfume.

Encontrar a Don Claudio es dar con el camino que mejor nos lleva. Lo rodea una paz de hondura transparente, poblada por todas las voces que han dicho palabras verdaderas. En las páginas de Don Claudio hay serenidad de tiempo y de paisaje. En lontananza se dibujan los olmos viejos y los campanarios que hacen de las palabras de Antonio Machado el breviario constante de nuestras horas y de nuestros años.

Rodeado de claros rostros, de cuadros y de libros, de ternura y árboles, vive Don Claudio su tiempo generoso, su vida de puerta abierta y lámpara encendida.

Las Cartas

De pronto me sorprendo empezando a escribirle una carta. O mirando un paisaje, escuchando un río que pasa, sonoro, bajo el arco de piedra de un puente y pienso: “Voy a contárselo. Le diré que es hermoso lo que he visto, como aquellos campos de Aragua, lejanos...”

Cuando voy al correo busco instintivamente sus cartas. Busco aquella letra suya, tan hermosa, de ondas azules concéntricas, como el mar en La Guaira. Ya no vienen, no vuelven esas cartas. Un día de octubre en Caracas, en su casa de Los Cedros murió Don Claudio.

También fue octubre de otro año. Me dijo adiós en mi último regreso – estampa ya borrosa de molinos de viento y lanzas rotas – y no quise creerle. ¿Cómo podía pensar que un día cualquiera, ese día que ya es hoy, que será eternamente mañana, no iba a tener su lámpara encendida, su puerta acogedora, el umbral tan querido de su casa, su casa blanca entre los árboles?

No. No es verdad del todo. Yo sé que en esa casa, al lado de su sombra, todavía está mi sitio. Sé que, aunque su pequeña y singular figura ya no me espere en medio del tronar del aeropuerto, la casa tiene aun la puerta abierta y será el primer lugar a donde vaya, como siempre, sí, como siempre, porque la dimensión del tiempo se calcula sólo por las intensidades y aquellos seis años de ir y venir entre Colombia y Venezuela fueron los más profundos, los más ciertos y los definitivos de mi vida.

En esa casa, bajo la luz de aquella lámpara, giraron seis años de mi vida. Mis horas de alegría encontraron a Don Claudio con su sonrisa buena, conforme, resignado a esperar que llegaran las penas y yo volviera, con las alas rotas, a darle la suprema alegría que tuvo siempre: la alegría de consolar. Jamás hablaba de sus sufrimientos. Aquel olvido sobrehumano, ese valor del alma prisionera en un cuerpo casi inútil, eran un desafío, eran un reto al destino. Su presencia imponía en los otros el deber de luchar y la obligación de vencer.

Había nacido en Mérida, en el pequeño pueblo de Tovar: “Aldea merideña, arriba mucha nieve, abajo mucho verde”. Fue maestro de escuela, funcionario público, trabajó largos años, sobreponiéndose a una dolorosa parálisis que fue lentamente convirtiéndolo en un frágil muñeco de madera, con toda la vida concentrada en la frente, su frente inolvidable, y en sus ojos oscuros que ardían en un rostro ascético, iluminado por la misma luz ultraterrena que irradian las figuras del Greco.

Nos dejó su libro “Huellas sobre las Cumbres”, un breviario de ensueños y de romanticismo, que lo retrata con claridad de síntesis biográfica. Don Claudio era un romántico. Avivaba los últimos rescoldos de esa hoguera fantástica, que palideció ante las luces de mercurio de las vertiginosas avenidas del siglo XX. En esas avenidas, encerrado en sus tréboles metálicos, el alma de Don Claudio se sentía prisionera.

Entonces íbamos al mar. Dialogábamos en las tardes de domingo, bajo los uveros de Macuto, en el Parque de las Palomas de Andrés Mata, al lado de la misma vieja quinta donde Teresa de la Parra escribió “Ifigenia”.  

Íbamos por Aragua...Todavía hay un sabor de nísperos maduros prendido de los labios.  Era como este Valle ante el cual hoy escribo, el Valle del Cauca que Don Claudio soñaba ver, porque aquí está guardada la huella de María, la novia inefable de los sentimentales.

Por los Valles del Tuy fuimos también. El me enseñó las rutas de los ríos y las leyendas de sus cauces sonoros. Desde la colina de El Calvario me contó historias viejas de la Caracas “de los techos rojos” y me habló de los nombres de las calles y del sueño de los árboles y las estatuas.

A través de sus palabras conocí en realidad a Venezuela. La que Julio Morales Lara me enseñó a descubrir en su poesía, la misma que nombro con nostalgia ahora y siempre. Si regreso algún día, cada paso me va a entregar su ausencia. La ausencia del amigo incomparable, el que sufría con mis penas y era feliz con mi alegría. Don Claudio ha muerto.

 

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