El Cristiano ante la Realidad Colombiana

“Colombia es un país de cristianos sin Cristo…Hace violencia el que sube los precios de las drogas para robustecer caudales de maldición. El médico que antes que en su misión medita en sus altos honorarios. El hacendado que derrama la leche por las alcantarillas para sostener un precio de iniquidad… El ingeniero que burla las cláusulas de su contrato. El intermediario que hace imposible el consumo de artículos de primera necesidad"

Palabras leídas en el Congreso del Pensamiento Católico en Medellín, 1959

Tiene nuestro tema dos partes que es preciso delimitar desde las primeras palabras: el hombre y la realidad.  Antes de seguir adelante, es preciso también advertir que no se trata del hombre simplemente, sino del Hombre de Cristo y que no se trata de una realidad general, sino de una específica y particular, ceñida a una geografía, una historia y un pueblo.

La sola enunciación del tema es suficiente para proyectar sobre nuestros semejantes un haz de luces que van a descubrirnos un mundo que nos es propio, la tierra de nuestros padres, nuestros grandes dolores, nuestros sueños y nuestras esperanzas.

Y cabe ahora sí preguntar: ¿qué entendemos nosotros los cristianos cuando pronunciamos la palabra “hombre”? Inmediatamente volvemos los ojos hacia la primera mañana de la tierra. Y es Dios quien tiende la mano sobre la frente de Adán hecho de torpe limo oscuro , para soplar sobre sus sienes un espíritu inmortal. Es decir, que materia y espíritu se alzan en la luz del Paraíso, unidos ya para siempre hacia un destino común. No tratamos únicamente de un ser que razona y quiere; hablamos de una imagen de la Divinidad. “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” se dijo entonces, y desde entonces somos los humanos lo único importante frente a las demás cosas y seres. Ese sello divino impreso en nuestras frentes nos acarreó desde el principio una obligación ineludible: la justicia. En otros términos:  que el hombre no está solo, que hay un vínculo que lo ata al que llora y al que canta, al rico y al que nada posee, al que nace y al que muere. Vínculo que es idéntico en todos los instantes de la historia y que no cambia de intensidad en ninguna circunstancia.

Podríamos decir que nuestro semejante nos está unido a las telas del corazón en tal forma, que al reverenciar al hombre estamos reverenciando directamente al autor de los seres visibles e invisibles. De ahí que abofetear al semejante es abofetear a la Divinidad; de ahí que cuando preferimos las cosas de la tierra al rostro de nuestro hermano, cuando le negamos el pan, le recortamos sol con nuestra sombra, le herimos con nuestra palabra, le disputamos una cuarta de tierra, le engañamos con nuestro ejemplo, le encarcelamos o perseguimos sin justicia, estamos comprometiendo el destino de todos los hombres y el objeto del universo.

Tremenda responsabilidad, compromiso terrible que nos hace temblar cuando pensamos que nuestro hombre no es el hombre del filósofo, sino el hombre redimido por quien un día bajó del Padre y se hizo carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre, hueso de nuestros huesos, para clamar sobre las colinas de la tierra: AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS. Ley de amor cuyo testimonio fue, vosotros lo sabéis, muerte de cruz.

Así las cosas, hundamos la mirada en la realidad que nos circunda.

Ella es esta patria nuestra, esta geografía, esta sangre, esta cuna, este tugurio, esta ciudad, ese muerto, ese camino, ese padre, ese árbol, ese río, ese puente, esa aldea, aquel juez, aquella madre que pide una limosna, aquel abogado que defiende al criminal cuando Abel tiene aún en los ojos un leve resplandor de vida, aquel predicador que calla ante los poderosos, aquel cristiano que comulga diariamente y con el mismo corazón sale a vender a su hermano por treinta monedas de plata.

No creáis que exagero si afirmo que Colombia es un país de cristianos sin Cristo, donde la letra mató al espíritu y el rito ha servido para cubrir como cal blanca la desintegración de los sepulcros.

Esta patria nuestra, sembrada de huesos adorados, resplandeciente en la noche por los fuegos azules de las tumbas, coronada de espinas, siéntase en las tinieblas de la desolación y no hay profeta hebreo que llore contra sus muros, porque la lengua se nos volvió de sal y el alma es un nudo de rotos vidrios sangrientos.

Pensad por un instante en lo que ha sido la violencia. Sí, está en las aldeas, acaece en las veredas y los montes. Pero la violencia vive en nuestros corazones, florece en las ciudades y las ciudades la exportan a los campos. Porque no hay que creer que es violento únicamente el que, provisto de antifaz, asesina niños y ancianos inocentes al amparo del monte y del desfiladero. La violencia tiene muchas fuentes y está más cerca de lo que piensan las gentes de nuestras grandes urbes, cuyo espíritu de feria nos hace aparecer como seres felices, ajenos al dolor de ese hermano nuestro, rostro de Dios, iluminado para un destino inmortal en la luz del Paraíso.

Hace violencia el que sube los precios de las drogas para robustecer caudales de maldición. El médico que antes que en su misión medita en sus altos honorarios. El hacendado que derrama la leche por las alcantarillas para sostener un precio de iniquidad. El abogado que a conciencia defiende violentos, contrabandistas y estafadores. El ganadero que convierte la frontera en camino de rebaños, restándole a la riqueza nacional dineros que pertenecen a la comunidad.  El exportador de café, que compra en la noche cargamentos robados y manchados con la sangre de los campesinos. El educador que convierte su misión en un negocio. El juez que sentencia de acuerdo con la posición social del inculpado. El ingeniero que burla las cláusulas de su contrato. El intermediario que hace imposible el consumo de artículos de primera necesidad.

El industrial que habla de exceso de utilidades sin remordimiento de conciencia, en un país donde hay exceso de gentes con hambre, hambre de pan y hambre de espíritu. El que se apodera en zonas de zozobra de propiedades y de fincas sin ningún escrúpulo.  El intelectual que calla por temor. El dueño del periódico que no deja publicar la verdad porque afecta sus intereses económicos o los de sus amigos. El escritor que tergiversa los hechos de acuerdo con su interés personal. El político que olvida el bien común y usufructúa altas posiciones únicamente para su provecho particular.  El dueño de tierras que las mantiene improductivas, en espera de que el esfuerzo conjunto de los asociados se las valorice. El padre de familia que cambia el hogar por el club, sin sospechar que sus hijos necesitan su cotidiana presencia, como que él constituye la guía moral y el eje de la familia. La madre, que prefiere la mesa de juego a su misión de educadora. La niña de sociedad que danza toda la noche y no se da cuenta del racimo de seres humanos que duerme a la vuelta de la esquina sin pan, sin techo, sin alfabeto, sin patria y sin Dios. La sociedad, en fin, que todo lo perdona y exculpa, cuando el delincuente ostenta mesa bien servida, platos suculentos, rosas y vino. El Estado, por último cuya acción corre por cauces de un materialismo tal, que se preocupa más de la erosión de los suelos que de esa otra, tremenda y devastadora: la erosión de las almas.

Como podéis advertir, en el fondo de todo esto hay un factor que es la causa única de los dolores y horrores de este suelo y de nuestras gentes: el amor al dinero. Estamos como en el desierto y ya no nos conmueven ni truenos ni relámpagos. El pueblo danza, las ciudades ríen, cantan y hacen ferias en torno del Becerro de Oro. Al pie del monte yacen, en pedazos, las Tablas de la Ley.

Por el dinero todo se justifica entre nosotros. El oro, como un dragón sombrío, todo lo devora y relampaguean sus alas entre las cosas inmundas... ¡Que rara es la dignidad que no se abate ante una cuenta bancaria! ¡ Qué pocas las inteligencias que no se inclinan ante el poder de unas monedas! ¡Qué escasas las voluntades que no se quiebran ante un jardín, ante una alfombra, ante un vino dorado! El rostro del hombre, la imagen de la Divinidad, nada vale; se la pisotea si es preciso para rendirle así homenaje al dios sombrío de Colombia: el oro.

Yo pienso aquí en ese Dios de Colombia que invocaba el Libertador de estos pueblos. Y no es el mismo que nosotros adoramos. Porque aquel mancebo caraqueño nacido entre riquezas, fue el mismo que un dia se despojó de su camisa de seda y sus diamantes y los llevó como tributo al arca que había sido destinada a allegar fondos para la Revolución. Pienso en ese Señor de Desventuras y de Glorias que, con soldados harapientos, atravesó la noche de la nieve y de los cóndores, más parecido a un Capitán de la Pobreza que a un conquistador de reinos y ciudades.  Pienso en él, porque se nos murió sin camisa y sin dinero.  Pero tuvimos desde entonces el iris de una bandera para cubrir su desnudo corazón ya sin latido.

Por adorar a un dios que no es el Dios de Colombia, hemos llegado a esta clase de vida en que ya no sabemos distinguir entre el bien y el mal, entre el delito y la virtud. Casi diría que al perder la dignidad de seres racionales no tenemos derecho a ser libres. Somos esclavos. Somos esclavos de nosotros mismos y de nuestras pasiones. No os admiréis si mañana aparece un nuevo dominador de hombres por la fuerza. Porque ese tipo de hombre no es producto ciego de un pueblo, sino la resultante lógica de la corrupción de las conciencias. Cuando aparece el tirano es porque la sociedad ya se ha hecho esclava. Esclava del desenfreno, del placer, de la vida fácil, del lujo y la riqueza;  entonces es natural que surja un hombre que pretenda representar a todas esas cosas que la comunidad adora ciegamente.

De ahí que si queremos ser libres, debemos luchar todos los días por alcanzar la libertad. Porque la libertad es un camino en el que se avanza, sólo cuando luchamos contra nosotros mismos.

Ya se dijo por quien tenía por qué decirlo: LA VERDAD OS HARÁ LIBRES. Y la crisis colombiana es una crisis de la verdad. Todo el mundo le teme; se esconde y tiembla ante su luz. Digamos la verdad aunque nos duela, mirémosla de frente, sin timideces ni rodeos, dispuestos a morir por ella a cambio de ganar la libertad.

De lo anterior se deduce que estoy sosteniendo que la crisis de Colombia es una crisis moral. Pero algunos de vosotros me vais a replicar que es una crisis social y económica.

No lo niego. Y más aún, yo pregunto: ¿es que las crisis sociales y económicas no son en el fondo la misma crisis moral? Tomemos un caso concreto. Por ejemplo, la crisis de la vivienda y de la tierra. Mirad al fondo y advertiréis que si hubiese un mayor espíritu de justicia entre nosotros, un entender que el hombre es nuestro hermano, no le negaríamos ni la tierra, ni el techo, ni el pan. ¿Cómo es posible que existan grandes ciudades cercadas por anillos de hierro de fabulosos propietarios que ni regalan, ni venden, ni propician la adquisición de un lote para esa familia que vino huyendo de la violencia de los campos y se encuentra ahora con la violencia de las calles, más cruel y más ciega que la de las hondonadas y veredas?

Yo creo que los cristianos no podemos seguir callando la verdad y que en este campo no podemos ceder la bandera a otras manos. Antes de que eso suceda debemos levantar nuestra voz para abrirles los oídos a los sordos, para decirles con todas nuestras fuerzas que es preferible perder una cuarta de tierra antes que perder la vida. Debemos levantar nuestra voz para repetir aquel clamor de San Ambrosio:  ¿Hasta dónde se extienden ¡oh ricos! vuestros irracionales apetitos? ¿Es que solamente vosotros habitáis la tierra? ¿Por qué excluís a vuestros hermanos según la naturaleza y os apropiáis toda la tierra? La tierra ha sido creada para todos, para los ricos y para los pobres. ¿Por qué tú te apropias para ti solo de lo que ha sido dado para común utilidad de todos? La tierra no pertenece exclusivamente a los ricos. Es patrimonio de todos y sin embargo, son muchos menos los que no usan de lo suyo que los que usan de ello. El Señor ha querido que la tierra fuese común posesión de todos los hombres y que todos participen de sus frutos. Mas la avaricia fue la causa de haberse repartido entre pocos las posesiones”.

Frente a las concepciones modernas de la propiedad no deja de preocuparnos hondamente el no disimulado criterio de algunos compatriotas, que aspiran a ceñir la concepción cristiana de la vida a determinado sistema de propiedad. La Iglesia de Cristo no podrá ceñirse nunca en forma definitiva a un solo sistema económico!

¿Por qué? me dirá alguno. Le respondo con las palabras del Canónigo Albert Dondeyne:  "Los socialistas nos reprochan generalmente que nuestra moral de la propiedad, puesto que se presenta como una moral revelada, definida por Dios y por la Iglesia, es una moral estática, congelada y por consiguiente opuesta al progreso. Nosotros seríamos conservadores por vocación. Si el reproche fuera fundado, sería muy grave, porque sería borrar de un golpe la vocación terrestre del cristianismo en el mundo de hoy, lo cual sería condenar al creyente a vivir al margen de la sociedad actual. Hay que confesar que, a veces, hemos producido esta impresión y que algunos cristianos parece que todavía confunden la teoría de la propiedad con un régimen determinado. La teoría cristiana es una doctrina moral que tiene un valor eterno: está por encima de todos los regimens económicos. Pero, además, la moral cristiana de la propiedad implica una doble obligación. Por una parte, el respeto a los bienes ajenos: NO ROBARÁS. Por otra, la obligación de “otorgar a todos, en la medida que sea posible, una propiedad privada” (Pio XII) o en otras palabras, la obligación de mejorar sin cesar el régimen de la propiedad, a saber que “el conjunto de los bienes de la tierra está destinado al conjunto de los hombres”.

Es decir, que la moral cristiana bien comprendida, nada tiene que ver con un código de reglas congeladas, que bastaría aplicar desde el exterior como el patron de medidas del físico o del geómetra.

La moral Cristiana - concluye el ilustre profesor de la Universidad de Lovaina - es esencialmente un conjunto orgánico de juicios de valores y como todo juicio de valor, es una actitud dinámica del alma, inspiradora de la acción del hombre en el mundo.

Si con relación a la tierra tenemos los cristianos un criterio amplio y definido¿ qué decir con relación a los salarios? Podríamos citar numerosos apartes de Pontífices y apologistas católicos sobre el particular.  Para demostrar que el cristianismo es un espíritu dinámico y revolucionario, basta pensar que cuando remuneramos a un trabajador, no debemos hacerlo únicamente por su eficiencia o su técnica, sino, antes que todo, porque debemos ser justos y reconocer en su frente el sello de la Divinidad.

Esta idea abre tan luminosos horizontes en el terreno del pensamiento católico que, si para salvar la vida de un hombre, fuese necesario renunciar a más puentes metálicos, más edificios solemnes, más jardines admirables, deberíamos renunciar a ellos, porque primero está la imagen de Dios que todas las cosas de la tierra. Más aún, porque ese mismo Dios tomó rostro de obrero y fue varón de taller y de serrucho, comió pan con los pobres y reafirmó su faz de hombre de pobreza cuando dijo:  Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me hospedasteis; iba desnudo y me cubristeis, enfermo y me visitasteis, encarcelado y vinisteis a verme. venid, benditos de mi Padre a tomar posesión del reino celestial. Es decir, que el reino de los Cielos fue prometido a quienes vieron en la tierra a Cristo, vestido de obrero, con hambre, con sed y desnudez.

Y aquí quiero hacer especial hincapié en una palabra. Me refiero a la palabra “caridad”.  Han encontrado nuestras gentes un medio muy fácil para ganarse el Reino de los Cielos. Entre nosotros el llamado cristiano se siente satisfecho cuando ha dado una limosna a la puerta del templo, pero con la misma mano con que dio la limosna firma al día siguiente un contrato injusto, autoriza sin piedad un despojo, engaña al que le compra y hasta vende cosa ajena. Y todos estos actos cree cubrirlos con tres sílabas: CA RI DAD.

Y algo más irritante todavía: para dar una limosna exige un baile, un desfile de modas, un retrato en el periódico. Cuando da una moneda no lo hace por ese Obrero que fue crucificado, sino para obtener un nuevo título de vanidad, para buscar el aprecio social y colectivo. Falsa caridad la que prescinde de la justicia, falsa caridad la que persigue el propio interés; falsa caridad la que les arroja las migajas de la mesa a los hijos de Dios.

Como sería falsa justicia y falsa caridad el preocuparnos únicamente de las necesidades materiales. Creen algunos que le están sirviendo a la patria eficazmente porque han hecho caminos, porque han creado fábricas, porque han construido Bancos monumentales, porque los canales de regadío benefician praderas ubérrimas. Eso está bien. No los condenamos. Pero eso sólo ¿es suficiente?

Hace muchos años nuestros campesinos cruzaban el río de la vereda y el puente era de guadua. El pie iba descalzo y la luz acompañaba a esos hombres de mejilla de breña porque en sus corazones latía una gota de rocío: el amor al semejante. Hoy ¿qué sucede? El puente es metálico y solemne. El campesino lo cruza en vehículo veloz.  Pero ya no vuela de sus labios, de orilla a orilla, el saludo: “Alabado sea Dios”. Ahora mata. Y con la mano ensangrentada, esa misma mano que los abuelos usaron para bendecir el sueño de los niños, busca una moneda en los despojos del caído.

Es que al hombre nuestro le matamos el alma .Pensamos únicamente en las cosas materiales y nos olvidamos de enseñarle que esas cosas nada valen, que son perecederas, pero que el alma es inmortal; que existe un juicio que no podremos eludir con fórmulas externas; que para alcanzar las cosas de la tierra primero hay que buscar el reino de Dios y su justicia.

Y el reino de Dios es, en primer término, el reino del espíritu.¿ Cómo os explicáis que vivamos en una sociedad tan indiferente, dura y cruel que la mitad de los colombianos no conozcan a estas horas de la civilización y la cultura las primeras letras del alfabeto? Cómo os explicáis que a los colegios y las universidades tan solo lleguen los que con mil sacrificios o por arte de heredada fortuna pueden comprar libros carísimos y pagar altas pensiones? No formulo un cargo. Anoto un hecho.

Y si tratara de localizar al responsible de esta situación, diría que todos nosotros lo somos en mayor o menor grado. Lo somos en primer lugar porque todo lo esperamos del Estado. Partimos de la base de que educar corresponde exclusivamente al gobierno. Y eso es falso. Le corresponde, en primer termino, a la sociedad. El sentido de solidaridad no es solamente para con el escaso de medios de fortuna. Lo debe ser, antes que todo, para con el que tiene hambre de espíritu. En dónde están, pregunto, las donaciones para colegios, universidades, instituciones de cultura, museos, conservatorios, escuelas de arte?

¿Cuál es la situación actual del libro entre nosotros? ¿Cuál la del profesor, del maestro y del intelectual? Tan parias son estos últimos como los más menesterosos proletarios. A la sociedad no le interesa eso del espíritu. O si le interesa, parece que se propusiese convertir la cultura en un privilegio de las clases adineradas  ¿Y es que estas clases pueden denominarse clases cultas? Tampoco. Porque si lo fueran, ya habrían hecho sentir su peso y su influencia sobre todas las capas de la nación colombiana. Una de las características del hombre culto es su afán de comunicación con el vecino, es su deseo de participar sabiduría, es su empeño de dilatar el conocimiento ajeno.

¿Qué se puede esperar de un país en donde todo se ha vuelto feria, fiesta, reinado y consumo de bebidas embriagantes? ¿Qué se puede esperar de un pueblo en donde el trabajo intelectual se remunera con salario de esclavo? En donde el ciclista recibe por su carrera y por su esfuerzo casa, premio y galardón, mientras el maestro de escuela envejece en la miseria? Inversión de los valores. Predominio de la fuerza sobre el espíritu. Triunfo de la materia sobre el alma.

Aspiro a que se entienda que no soy enemigo del deporte. Soy amigo; pero lo soy para la cultura. Y no para la barbarie. Es que nuestros estadios, después de invertir en ellos sumas ingentes de dinero, nos presentan el espectáculo de un pueblo respetable y respetuoso? No lo creo. La vulgaridad en todas las relaciones de la vida, la palabra altisonante, el alarido, el tumulto y las más bajas manifestaciones, hacen marco a las distracciones de nuestras gentes. Entonces, preguntamos, hemos invertido suficiente tiempo y dinero en la tarea de educar a nuestros semejantes?

Y otra cosa: ¿no observáis la tendencia de nuestros centros de educación a rodear de comodidades modernas a sus estudiantes? Me diréis que eso está bien y yo os respondo que está bien. Pero no recordáis aquella generación del año 1810 que nos dio la libertad? Sala de ladrillo, casa modesta, tembloroso candil, libro abierto. Y de esas casas de la Colonia salió hacia la luz una generación redentora. Es Caldas que con pobres instrumentos se dedica a seguir la ruta de las estrellas; es Torres, que con paso firme asciende al cadalso, convencido de que su cabeza es una antorcha de equidad y de justicia. Es Nariño, que abandona su biblioteca y su hogar y cambia libros por cadenas, riqueza por miseria, vida por cenizas.

¿Cuál es la diferencia? Aquellos hombres creyeron más en la esencia que en las formas externas de la cultura. Casas modestas, aulas universitarias casi pobres, patios sin jardín y sin piscina. Para ellos lo importante era el alma y el alma eran los libros.

Muchos son los aspectos que restan por considerar acerca del cristiano ante la realidad nacional. Pero con los expuestos me parece más que suficiente para despertar numerosas inquietudes.

Como conclusión podríamos rubricar una muy desoladora: En Colombia no hay cristianismo, hay fórmulas externas, con las cuales amparamos injusticias; el afán de dinero ha corrompido la conciencia nacional. Ante tan graves males solo se presenta una solución: un esfuerzo común, unánime y generoso para volver por la dignidad del hombre colombiano.

Lógicas son estas conclusiones si aceptamos que para el cristiano el hombre es un ser total, una unidad en que se funden espíritu y materia, una criatura llamada a un fin superior. Pero llamada no solamente en forma individual sino también colectiva y que, por tanto, tiene obligaciones de orden moral que no puede violar sin comprometer su destino y el de la comunidad de los hombres.

Habla la iglesia de la Comunión de los Santos. Pero esa comunión no puede hacerse si antes no hacemos comunión con los vivos. Somos solidarios con los muertos y lo somos con los que no han nacido, pero para serlo de verdad se precisa que nos demos cuenta de los hilos invisibles que nos unen, en indestructible red complicadísima, con los que nos rodean. Mal podemos aspirar a la comunión de los santos si negamos nuestro destino terrestre, si a nuestro hermano le escondemos la luz, si le crucificamos y después le decimos: "Desciende de la cruz..."

Estamos con el dolor ajeno, defendemos el salario del obrero, lo acompañamos en su lucha, pedimos casa y abrigo para su desnudez, pero no porque creamos que así trabaja más, sino porque estamos convencidos de que fue tocado por la Divinidad en la primera mañana de la vida y que del polvo de la tierra volveremos a levantarnos cuando los siglos se derrumben, para volar, transfigurados ya en una infinita claridad.

El manco, el triste, el despojado, el hambriento, el desnudo, el que no sabe, el herido, el pisoteado, el solo, el de la mano callosa, el del rostro con llanto, es nuestro hermano. Y con esta certidumbre vamos hacia la luz. Con nuestro hermano veremos a Dios.

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