Cali, Flor Gigante de Cemento y Piedra

Hay un instante en esta ciudad en que todas las cosas y los seres que durante el dia recibieron el azote implacable de la luz, se hunden en un sueño de humo. Es el momento en que la urbe se separa de la tarde y se detiene frente a la orilla de la noche.  La hora en que Cali deja de ser fábrica, ruido, trepidación y motor, para recobrar de lejos una antigua paz y un antiguo silencio.

He caminado a esa hora muchas veces, por las riberas del río tutelar y no pocas he creído que mis pasos coinciden con los de un capitán que abandonó su dulce patria, los jazmines y los vinos de España para cambiarlos por esta tierra en donde hoy yace.  Hablo de Miguel Vivas Sedano, alcalde de Cali en 1.622.

Tomemos ahora por esta amplia avenida. La noche vuelve oscura la violeta del día. Caminamos por la orilla del río. A nuestra espalda suenan los pasos de Miguel Vivas Sedano y una voz oculta nos dice que esta noche navegaremos en el sueño en compañía de un capitán de nuestra sangre. Cali será como un barco. En la torre de la Ermita, una nube flotará hacia el alba, como una vela movida por un viento que viene del pasado.

A Jorge Isaacs, alto laurel amargo

El Pance transparente
como una pupila amorosa.
Solo, Nadie.
Color de ola un arrecife.
Tijeretazo de la luz
un pájaro.
Nada. Nadie.
El Lili misterioso
unas piedras
y el Valle.
La burbuja del día,
color de cuello de colibrí
se infla cristalina.
y tiritando
se revienta en el aire.
Nada. Nadie.
Cinco garzas se fueron
de los cacaotales.
Pero inútil.
No hay nadie.
Un chiminango esponja
su matorral de oro.
Una cigarra tiende
una cuerda larga en el ramaje.
Nada. Nadie.
Más azules que
el agua,
que el verano,
sus colmenas de oro
mueven los gualandayes.
Todo inútil.
No hay nadie.

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