• Los Inmigrantes y la Muerte

    La Muchacha de Portugal
    Se muere la muchacha de Portugal. Tiene entrecerrados los grandes ojos negros ...

    La Bailarina de Buenos Aires
    Al lado, entre bombas de oxígeno y delantales blancos de enfermeras y médicos, está resucitando ...

    El Muchacho de Yugoslavia
    A la orilla del agua está, encorvada y triste, la madre. El padre un poco alejado, mira fijamente ...

    La Muchacha de Portugal

    Se muere la muchacha de Portugal. Tiene entrecerrados los grandes ojos negros y su respiración casi no se oye. Se muere en América, con veinte años y unas poesías que encontraron en su bolso cuando la llevaron al puesto de socorro, unas poesías copiadas con letra grande y clara.

    Nada más ¿quién sabe algo más de la muchacha? Que era oficinista y corría, alegre de juventud, en su pequeña moto por una apartada avenida llena de árboles. Cuando vino el choque trató de defenderse de la muerte interponiendo las manos y las manos se le clavaron en la tierra. En la tierra se clavó también la cabeza de pelo negro y corto. Un martillo inesperado clavó sombra en los ojos negros.

    Se muere la muchacha de Portugal.

    La bailarina de Buenos Aires

    Al lado, entre bombas de oxígeno y delantales blancos de enfermeras y médicos, está resucitando la bailarina. Vino desde Buenos Aires, con un largo cuerpo elástico y firme, de fierecilla sana. Venía dispuesta a dejarse domar alegremente por el látigo de humo del cabaret nocturno de la nueva ciudad, la ciudad donde el dinero llega, brilla y se escapa con vertiginoso rodar. Porque tenía que escaparse también hacia Buenos Aires, donde la bailarina dejó una hija y una historia que ahora, desde tan lejos, no parecía tan dura y tan amarga...

    Está resucitando la bailarina de su largo sueño suicida. Cuando vino a Caracas vivió en una casa entre árboles y se encontró con el amor de un hombre. Ahora no quiere vivir, no quiere volver del hondo sueño, porque se han perdido la casa, el hombre y los árboles.

    El muchacho de Yugoslavia

    A la orilla del agua está, encorvada y triste, la madre. El padre un poco alejado, mira fijamente los colores de la ola que se acerca, restalla y se deshace. Un grupo breve y enlutado rodea a alguien que reza en lengua extraña.

    Son yugoslavos. Rezan por el alma de Boris, que vino alegremente al mar un día domingo y se perdió para siempre, detrás de la muralla horizontal y verde del agua.

    Una última ola que roza las sombras del grupo que se marcha, mece un ramo de flores blancas y lo lleva al fondo a Boris, el muchacho de Yugoslavia.

    Boris, el inmigrante

    Yo no te conocí, Boris Dobrowsky,pero ayer me dijeron entre lágrimas
    que eras tierno y amable, que traías
    desde tu campesina Yugoslavia
    una manera dulce de ser bueno,
    de amar las cosas, de encontrar el alma
    de los colores y del sol, del viento,
    de las flores y el agua.
    Del agua verde, donde estás ahora
    viendo pasar tu eternidad de algas,
    soñando siempre con el manto rojo
    con que el otoño vestirá los campos
    en tu tierra de robles y canciones,
    de pastores y lanzas.
    Yo no te conocí Boris Dobrowsky,
    y te recuerdo cuando el mar me habla.
    Dice que estás allí, con tu destierro
    convertido en orillas y en distancia
    y que tu corazón de niño alegre
    juega ya eternamente con los barcos.

  • La Cueva del Guácharo

    Sinfonía de Piedras y de Sombras

    En 1802, Alejandro de Humboldt y Anton Goering visitaban un lugar cuyas maravillas quedarían registradas por Humboldt en su Viaje a las Regiones Equinocciales. A la luz de las teas de los indígenas, en expedición encabezada por el jefe de tribu Felipe Caripe, escuchando el graznido ensordecedor de los pájaros que habitan las altas oscuridades de la cueva, los sabios avanzaron, descubriendo a su paso sorprendentes obras de arte talladas por la naturaleza.

    La excursión a la Cueva del Guácharo guarda para el visitante emociones inolvidables. Dejando afuera el sol y el verdor de la bella region de Caripe, se penetra a un mundo de fantasía. Aunque allí la mano del hombre no ha intervenido, parece que milagrosos escultores han creado las mil formas que la piedra toma al paso de los siglos.

    Las tribus celebraban aquí sus ritos y sus sacrificios. Y en verdad, nada más imponente que este templo de sombras, en el cual se diría que reinan las divinidades de la tierra profunda. Desde los primeros grandes peñascos de la planicie, a la entrada, hasta los pasadizos tenebrosos de las últimas galerías, hay algo en la Cueva del Guácharo que se impone al ánimo y deja en la memoria el sello indeleble de lo que, una vez vivido, nose olvida nunca.

    Al entrar se escucha por unos minutos la gritería de los guácharos que viven en lo alto de la cueva. Se siente el roce de sus alas contra las piedras y al elevar la luz de las linternas se descubren sus nidos y las sombras aladas que pasan. Pero al llegar a la primera galería, a través de una delgada hendidura en la roca, el silencio es absoluto. Llaman a este sitio “El cuarto del silencio”. Murallas de roca espesísima separan al visitante del mundo exterior y de la algarabía que forman las aves a la entrada de la cueva.

    La luz, que va en manos del guía, descubre a cada momento nuevos prodigios, prodigios de piedra....Parece que se hubieran congelado allí las cascadas, las gotas de la lluvia, el rayo del sol entre las hojas de los árboles, como si todas las formas de la naturaleza se hubieran filtrado a través de la montaña para convertirse en estatuas... La estatua del silencio, la estatua del asombro, la estatua de la primavera, la estatua del aire del primer verano del mundo.

    El agua cae por los muros y la tierra es insegura; se hunden en ella los pies y la ascensión se hace difícil. La luz de las linternas lucha contra una oscuridad que se hace más espesa a medida que nos internamos en las profundidades de la cueva.

    Las piedras despliegan sus mil formas: aquí un cuerpo de mujer, en la actitud de las cariátides de los antiguos templos griegos. . Más allá un cortinaje gris que parece plegado por la más fina mano. Frutas, pétalos, la forma delgada de una palma.

    En la llamada “Poza de Humboldt” se percibe claramente, tallada en la piedra, la firma de Antón Goering, quien la estampó allí hace siglos. Se dice que la firma de Humboldt està cubierta por las aguas. Muchos exploradores han cruzado debajo de la roca que allí forma bóveda, dos o tres metros bajo el agua por un estrecho túnel. Y cuentan que más allá hay un lugar donde todas las piedras son del vivo color de las amatistas y otro cuyo suelo parece hecho de perlas...Se piensa en las leyendas de los gnomos que habitan el centro de la tierra. Este podría ser, este palacio de sombras y amatistas, el más hermoso de sus reinos.

    Al regreso se experimenta una extraña emoción al volver a ver la luz del sol por la abertura de la cueva, de caprichosa forma. Allí alguien hizo elevar tres cruces, como las cruces del Calvario. Y luego el camino, a través de los cafetales enjoyados con el rojo fulgurante del grano maduro. Caripe, donde todas las casas son limpias y hermosas y las calles rectas, donde la gente es fina, casi siempre rubia, descendiente de italianos.  Caripe, donde todas las muchachas son bellas y donde el cielo y el aire son más claros que en ninguna otra parte del mundo, porque la claridad está afuera, en las colinas verdes y está adentro, en todas las casas con jardines, orquídeas y naranjos.

    Caripe “Jardín del Oriente”, orgullo del Estado Monagas, es un lugar cuyo recuerdo y la amistad de sus gentes se vuelven para siempre parte del corazón. El que allí va siempre quiere volver.

    He regresado a Caracas por la vía de Cumaná, la antigua, la silenciosa ciudad madre de América que vio nacer a Sucre. Es una nueva página de belleza que me abre Venezuela en su paisaje prodigioso y múltiple.

    Caracas, 1950

  • Una Visita al Campo de Carabobo

    Carabobo...  Redoble de tambores... Golpe de cascos impetuosos que levantan el caliente polvo de la llanura... Ruido de disparos que se entrecruzan y tejen en el aire, amarillo de sol, el rojo calendario de la sangre bajo el cielo azul de Venezuela.

    El Negro Primero llega, al cansado andar de su cabalgadura fantasmagórica... "Vengo a decirle adiós, mi general, porque estoy muerto". El General José Antonio Páez ordena la carga de sus lanceros. El inglés Farriar, en el suelo, de cara a la batalla, con la espada en alto, da la voz de FIRMES!...

    Cierra sus ojos de héroe Ambrosio Plaza. Cae muerto Manuel Cedeño, “el bravo de los bravos de Colombia”...  Lluvia torrencial envuelve la trágica retirada del Valencey. Luchan cuerpo a cuerpo soldados de Apure, leones lanceros, con los últimos soldados de España. Y el Libertador Simón Bolívar, soñando despierto su infinito sueño de libertad, ve alzarse el triunfo, como un Nuevo soldado hecho del barro glorioso de Venezuela.

    Ahora Carabobo nos abre sus puertas de historia. Hemos pasado por San Mateo y Bárbula, donde sentimos a nuestro lado las gloriosas sombras de Atanasio Girardot y Antonio Ricaurte.  A la entrada de Carabobo, están Páez, Cedeño, Plaza, Urdaneta, Bermúdez, Salom, Briceño Méndez, Mariño, Farriar, Rangel, Muñoz, Vásquez, Ibarra, Manrique, Pedro Camejo.

    Y Rondón. "Se llamaba Juan José Rondón y mandaba una columna de caballería... El cielo de Colombia no olvida la bravura de sus embestidas... En Boyacá y Pantano de Vargas fueron suyas las cargas decisivas..." Miguel Otero Silva nos enseñó, hace años, cómo es de honda la magia indelible de un nombre que inmortaliza la historia y escribe luego la poesía en su piedra blanca.

    Vamos caminando por la historia y el tiempo. Aquí está Simón Bolívar sobre su caballo piafante. Los cascos del caballo pisan piedras traídas de La Puerta, el aciago lugar, donde tantas veces fueron derrotados los ejércitos libertadores. A Bolívar lo conducen el Genio y la Gloria.  La estatua ecuestre se apoya sobre el grupo de los vencidos en la batalla.

    Páez, Mariño, Cedeño, Ambrosio Plaza... y el altar de la patria con siete escalones y siete estrellas simboliza las siete provincias de la Capitanía General de Venezuela.

    Sobre una lápida de piedra, una alegoría representa el nacimiento de la raza iberoamericana, surgida de la raza española y la raza aborigen. Más allá el heraldo de la fama levanta el clarín anunciador del triunfo y el heraldo de la gloria alza una corona de laureles hacia el cielo profundamente azul.

    El mediodía de la llanura nos deslumbra. Dos relojes, el uno con espadas, el otro con laureles, marcan el principio y el fin de la batalla. Doscientos muertos y heridos sufrió el ejército patriota, entre ellos Manuel Cedeño, el bravo de los bravos de Colombia.

    Y Pedro Camejo... La leyenda del adiós del Negro Primero nos estremece con un ligero escalofrío en medio del aire quemante de Carabobo...

    Los guardianes del campo nos enseñan su casa y sus flores.  Ella nos cuenta su emoción de vivir rodeada por las sombras augustas de la patria. Y nosotros, cumpliendo el mandato silencioso de nuestro viaje, dejamos escrito en el álbum de Carabobo un soneto, con el cual Roberto Liévano, nuestro fino y claro poeta de Colombia quiso acompañarnos desde la distancia en esta peregrinación al campo heroico.  Un 24 de Junio, apareció en Colombia una página de Laureano Vallenilla Lanz sobre la entrevista de Páez y Falcón. Y así la interpreta en poesía el autor de "El Mensaje Inconcluso":

    PAEZ Y FALCON

    En un breve paréntesis de la ruda contienda
    los bravos contendores se han tendido la mano
    y joven uno, el otro vestigio sobrehumano,
    dialogan fraternales bajo la misma tienda…

    Cuarenta años pasaron de la fecha tremenda
    de Carabobo... El campo feral está cercano
    y Páez, en su gloriosa vejez de león anciano
    va mostrando los sitios de su propia leyenda.

    “Por aquí yo bajaba de la cercana altura...
    Rifles... Cedeño... Plaza... y al fondo, en la llanura,
    el Libertador”
    Algo doblegó las cabezas

    y Falcón, en un grito de exaltación hidalga
    se dirige al mancebo que a su lado cabalga.
    “Escucha, al propio Aquiles contando sus proezas”...

    Así Roberto Liévano con su poesía estuvo en este campo de Carabobo, ardiente bajo el sol. Muere el redoble de los tambores. Se apaga el ruido de los cascos de los caballos de los soldados patriotas. Regresamos recordando... Ya dejamos atrás por el camino de la llanura el sitio de la gran batalla... Pensamos en el Libertador planeando la acción desde el cerro de Buenavista. A su lado Salom y Briceño Méndez. El "Bravos de Apure" lucha cuerpo a cuerpo con el "Burgos" y la Legión Británica ataca al Hostalrich.

    Valencia, Maracay, San Mateo, La Victoria... Silenciosos, pensamos en lo que hemos visto. La raza, fusión de la sangre del viejo mundo con la sangre joven de América... El heraldo de la fama, el heraldo de la gloria, los relojes de espadas y laureles, los sesenta minutos decisivos... La Independencia, la República. Cierra la noche sobre los valles de Aragua.

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