Autora: Maruja Vieira
Foto: Ana Mercedes Vivas

CARTA A MARÍA MERCEDES RIVERA

Los estudiantes colombianos en Chile
la llamaron siempre “Madrina”

Usted, suave chilena, transparente
como las uvas de su patria,
desde Viña del Mar o Santiago
me escribe.
Adivino el movimiento
sutil, aéreo de sus manos
sobre el papel en blanco.
Usted es buena,
su corazón era feliz con mi alegría.
¿Recuerda nuestra casa
pobre y sonriente? El pan
en las manos amadas
tenía unción bíblica.
Todo era claro en nuestro amor,
todo era puro.
Nada hacía presentir
la repentina tempestad.
Un sol quemante,
un gran viento…
Las violetas
quedaron enterradas
bajo la arena.
Yo conocí esa tarde
el color de la muerte:
es violeta.
Madrina, mis palabras
ya no tienen
el alegre repicar de otro tiempo.
Ahora se incorporan
y caminan cansadas
hacia el definitivo silencio.
¿Dónde, madrina,
están la luz perdida
la música apagada,
el perfume de la flor muerta?
Sueño con ir a Chile
-su Chile que él amaba-
andar por sus caminos
y sus playas,
por sus calles de otoño
cuando vuelan
hojas secas, doradas.
Sé que una tarde
la sombra amada
me saldrá al encuentro
en una playa de Concón
o en una calle de Santiago.

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