Autora: Maruja Vieira
Foto: Ana Mercedes Vivas

DEUDAS DE VIAJE

Ahora tengo deudas, muchas deudas
que me quitan el sueño.
La que contraje con una ardilla gris
en los jardines de Kensington
en Londres.
Le prometí
llevarle castañas
para el invierno que venía
barriendo las hojas de oro
en las brumosas avenidas.
El viento frío de la tarde
no me dejó cumplir mi promesa
y esa ardilla
viene constantemente a recordármela.
Tengo otra deuda
con las palomas agresivas,
esas palomas guerrilleras
de San Marcos, allá en Venecia,
cerca de las olas violeta
del Adriático en el invierno.
En cambio no creo deberle nada
al tranquilo gato holandés
que sueña en Volendam
rodeado de gaviotas inmensas.
Ni al majestuoso cisne negro
que navega
en ese mito de cristal
que llaman Lucerna.
Ni al perro marcial
del cambio de guardia
en Buckingham,
ni a los altos caballos negros
rodeados de niños japoneses
Pero la deuda más urgente,
una que tiene vencimientos
diarios,
y unos intereses tan altos
que nunca podré pagarlos,
es la de mi promesa incumplida
a los gorriones de Madrid.
Tengo que volver a llevarles pan
al parque de El Retiro.
Esa arboleda
donde ancianos,
niños y muchachas
recuerdan, juega, sueñan
desquitando el avance del otoño
con diálogos, con risas,
con formas y colores
y letreros,
con música de pronto,
con canciones.
Es el mismo torbellino alegre
que represan en la Noche Vieja
los últimos vagones del Metro.
Sólo cuando pague esa deuda
dejará mi sombra
de aparecer en las tardes,
cerca de las últimas estatuas,
como si regresara del Museo del Prado.
Una mujer anciana
que no está allí
pero vuelve constantemente
a pagar deudas.

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